lunes, 8 de diciembre de 2025

La arqueología es una buena excusa

 

Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar.

            De la arqueología lo que más agradezco es haberme encontrado con tantos amigos disgregados por todo nuestro subcontinente (al sur del norte y al norte del sur). Los recorridos con cada uno mis hermanos del Istmo con quienes mantengo comunicación a la fecha, me llevaron a conocer, además de un buen número de sitios históricos, elementos propios de la idiosincrasia regional, tan variopinta y llena a la vez de puntos de convergencia. Cada uno ha tomado el encanto o desencanto por la ciencia de las cosas olvidadas que le vino en gana y esta variedad de puntos de vista hace también que los recorridos sena fascinantes: las sirenas y los espantos como guías cuando el lenguaje de Ismael toma el aire de seriendad, Tláloc apareciendo hasta en las pupusas de queso con loroco si Hugo invita, las discusiones sobre el precio de la renta en medio de la arqueología de rescate, la ética combinada con el realismo mágico que se necesita para ejecutarla sin que se te retuerzan las tripas y se te amargue la boca, la traducción más acertada para el vocablo "Nicaragua" y quién habla más gritado en la región (punto aún en discusión... a gritos); las fronteras de la cerámica chibcha (que es palabra genérica en una zona de transición si nos ponemos académicos) y de cómo un estilo puede sobrepasar la barrera de los 100 años en esa región mientras que en Mesoamérica el cambio es constante y los estilos breves (casi como el nombramiento de embajadores de la república de Los Cocos) y es ahí, no en Los Cocos ni en Pepeslavia, sino en la cerámica, donde comenzó la idea de este relato, pero el contexto siempre radica en que toda ese palabrerío académico lleno de sarcasmo y groserías no tendría sentido de ser si no se compartiera con los amigos.             

            La estancia en Guanacaste y las visitas a la zona fronteriza de Nicaragua me permitieron conocer algunas características de la cerámica generalizada como "Nicoya", aludiendo a la península, golfo y provincia donde esta variedad de tepalcates, asumo, fue encontrada por primera vez (Jeffrey sabrá, él es el bueno para esos datos), y entre tales puedo enlistar que tiene una pasta de arcilla homogénea de color rojizo (como todo el suelo de Guanacaste, que es prácticamente un barrizal montado sobre lavas enfriadas a gran velocidad a finales del Cretácico) y se la encuentra en ausencia de su pintura original cuando se excava porque la acidez del suelo destruye el pigmento, conservando únicamente la forma; los elementos que aluden a la fauna, todos en relieve alto, resultan en una serie de esculturas modeladas en el barro, con variables locales en las que se puede identificar sin dificultad a la especie de animalito que uno está viendo (aunque David diga que no era tortuga). Así, jaguares, murciélagos, reptiles, roedores, todo aparece "en bulto" y hace de este tipo de piezas un deleite artístico. Su distribución, no obstante, jamás se restringió a la península, el estilo viajaba como lo hacemos nosotros: inventando los motivos nada más para tener excusa, porque el que llega y se va, algo del lugar al que llega se lleva consigo o, adoptando los versos de José Luis Villatoro, porque ya "tenemos edad para hablar mal del gobierno y largarnos a la porra".          

            Y bueno, los elementos artísticos asociados a la naturaleza animal (objetos de uso "ritual" dirán los arqueólogos para justificar el presupuesto) emprendieron el viaje y se fueron adaptando a los recursos locales, pasó mucho tiempo y se les pudo considerar como una especie de desarrollo aislado pero resulta que siempre no: nuestro puente es tan pequeñito que encontramos a esta fauna cerámica paseando por toda la extensión del territorio, por lo menos desde Chiapas hasta Panamá (que es de lo que en este punto de la vida puedo dar fe de visto o leído. Natalia podrá confirmar si también en Colombia y Jorge de lo concerniente al Altiplano Central Mexicano) y que sus formas son tan similares que sería imposible dividirlas por países salvo cuando fuera por razones descriptivas y estadísticas. La epifanía, este gran descubrimiento del agua azucarada porque no hay nada oculto a la luz del sol (temporalmente, quizá, los vestigios arqueológicos y los dinosaurios) me llegó estando en Rivas, en un museo al que pude entrar luego del segundo viaje para cruzar la frontera y de compartir un Rubio rojo con el guardia que sacó la conversación y me dejó pasar cuando vio la cajetilla, que de inmediato reconoció como guatemalteca (no recuerdo cómo fue que esa cajetilla llegó hasta Nicaragua si pasaban veintitantos días antes de que saliera a sellar el pasaporte... pero bueno, sirvió de boleto en el museo cerrado) y le hizo el tema para conversar hasta que el fantasma del comunismo llegó junto con su hora de relevo, escena a la que precedió mi visita al interior de la sala de exposiciones en donde, luego de ver un montón de cacharros históricos, pasé a pegar la nariz en unas vitrinas como de trinchante (acumuladero de trastes en cualquier casa del occidente de Guatemala de los ochentas) que mostraban cerámica prehispánica. Entre las piezas había una efigie de tortuga del mismo estilo que el cántaro de mosaico que está en el parque y que tiene una mamá jaguar y llegó entonces el gobernante tortuga (tepalcate, panza de olla) descubierto en Cuajiniquil y los pájaros que bien pudieran ser murciélagos pero lo más seguro es que quién sabe y finalmente, tan fronterizo como soy, la memoria de la animalia se hizo presente también y me condujo a Huehuetenango, a comienzos de la década de los diez, cuando acompañaba a Yvonne y Marlen en sus recorridos por Huehue y Sacapulas (por lo que yo conocía de ese último destino era que me apartaban mi lugar en el bus) y, puestas en la zona en aquel tiempo, a las vitrinas, no hacía mucho instaladas, de la sala de sitio de Zaculeu, que exponían unas piezas fascinantes del tipo Tojil Plomizo, del Posclásico temprano (que en término de años, jamás se me quedó a qué equivale entre el sapoa el bagaces y demás lapsos cerámicos de Guanacaste... confuso y poco práctico sistema de nomenclatura), entre las que se contaba un coyote con la misma estructura de "florero" de las piezas de Nicaragua, de la tradición Nicoya en términos de los arqueólogos salvadoreños, cuya similitud volví a encontrar en una vasija del petén, del Clásico tardío, expuesta en un montaje de piezas de fauna de una fundación local que custodia una colección bastante diversa. Finalmente, yendo hacia atrás tanto en los recuerdos como en el tiempo arqueológico, el viaje real-maravilloso me dejó en la entrada del Museo Nacional de Arqueología de Guatemala (en los primeros años de estudio, cuando todavía me disfrutaba a plenitud la arqueología sin que fuera solo la excusa para emprender el viaje o la tristeza por verla convertida en una práctica de mercenarios... el nítido de las inmobiliarias) y me detuve a contemplar el plato con efigie de serpiente que toma la posición del asa (agarradera), que procedía de Kaminaljuyú, probablemente del Clásico temprano, pieza de cerámica recubierta con un engobe café lustrosísimo, seguramente un ancestro de las piezas mencionadas primero y, ahora que lo pienso, de la posterior tradición de metalurgia a la que corresponde el collar de jaguares de Iximché, que tiene más o menos los mismos rasgos que la referida escultura del parque de Rivas. Pepe lo decía con mucha razón, "la cerámica te habla", te cuenta la historia de sí misma y un poco la de las manos que la fabricaron, del que la custodia como santo grial o la desdeña y compara con pedazos de tejas viejas... también la de quien la observa y encuentra micos aparejados, tortugas, culebras, jaguares que cargan a sus crías o simples garabatos y luego se sacan una crónica que es pura excusa, nada más para compartir el recuerdo con los camaradas lectores, con los amigos.

            Así es, todo viaja: como la mente cuando recuerda, como una excusa perfecta para volver al camino y encontrarse

                                        ...encontrarnos.

lunes, 3 de febrero de 2025

Esto es un retorno

«...Bajo el burlón mirar de las estrellas

que con indiferencia hoy me ven volver.

Volver,

con la frente marchita»

Estrella Morente



Recoges la maleta, te abres paso entre la multitud —todo ha ido bien en la aduana— y en calidad de Salmón sobrepasas la puerta, pero hay un sentimiento medio jodido, una pregunta: ¿Dejaste algo atrás? Revisas las bolsas: está el pasaporte, el teléfono, los audífonos, la billetera (con el dinero ya repartido en las bolsas del pantalón porque sabés que regresaste a una de las ciudades más delictivas y sádicas de América Latina y dejás el "tú" que te es tan cómodo para regresar al "vos" porque ya venís a la defensiva), el miedo, el intento fallido, el suéter; viene todo, menos las añoranzas, unos libros y la bicicleta. Ya no recuerdo si en este viaje esperé a que alguien viniera por mí o si fui primero a donde mi madre porque mi subconsciente intenta olvidar que esto es un retorno (en tono de "esto es un asalto"), voy pensando en el mar, en que es casi seguro que no volveré a Guanacaste o, al menos, no en las mismas circunstancias, que no extraño ni entiendo San José (como no lo extrañe ni lo entendí en el trayecto que ocurrió para ese mismo rumbo dos décadas antes) y en la necesidad de no poner los pies sobre la tierra... sobre esta tierra.


Puente peatonal que une el centro de Alajuela de Río Segundo.  Abajo pasa el tren urbano.
Puente peatonal que une el centro de Alajuela con
Río Segundo. Abajo, además de los buses, pasa el tren.

La anécdota de Costa Rica tiene un poco de todo: desde que llegué e inclusive desde antes, todo mundo se dedicó a remarcar el costo de la vida en aquel país: los alquileres, la comida, el transporte, los excesos, todo. Era como el discurso de lo peligroso que resulta llegar a Guatemala y de la misma forma, a fuerza de verdades a medias, de anécdotas personales y de andar un poco, como en el último tiempo, con las manos en los bolsillos vacíos, se termina uno tragando el cuento… pero estuve suficiente tiempo allá como para tener mi propia anécdota y mi propio juicio. Así que no, es un país tan caro como cualquier otro y más accesible que el mío, porque en el momento en que uno coloca en la balanza que se cuenta con un transporte público súmamente eficiente, con un seguro social bastante accesible y con educación gratuita, queda equilibrado el costo del alquiler de vivienda (que sí es elevado, especialmente en ‘Chepe’) y lo caro que puede resultarle a un extranjero, que no gusta del arroz y el pollo, vivir en un lugar donde no existe el pan francés ni las taquerías, pero en el que igual y se puede encontrar el modo. Una vez terminada la agonía de la capital y habiendo arrancado el proyecto de trabajo en Guanacaste, esa búsqueda quedó en la lista de pendientes y dependería todo del arreglo de papeles que terminó perdido en el limbo de la burocracia migratoria, del fascismo con se define al trabajador que se ha desplazado desde otros rincones de Centroamérica y de la desesperanza. Opté por desistir, por querer largarme a Nicaragua... o volver “con la frente marchita”. Pero las discusiones de precios y de cambio de moneda no lo fueron todo, aunque siempre estuvieron presentes. Hube de encontrarme de nuevo con la arqueología y, por primera vez, con esa suerte de mercenarismo resultante de los proyectos de rescate y mi incomodidad ante el hecho de saber que el patrimonio siempre lleva las de perder. También me llevó a la playa, terminando así una relación de apatía que tuve por años con el mar, porque allá es otra cosa, es sublime y capaz de aliviar el alma… Finalmente, me encontré con una Costa Rica que es, ante todo, una nación bonita, en donde las virtudes sobrepasan con creces a las carencias, en la que puede uno estar sin el asedio permanente de la violencia, leer en el bus y andar, siempre andar.

Al salir de Guatemala, hace poco menos de un año, llevé libros y la esperanza de encontrarme en un escenario menos inadecuado para los oficios que puedo desempeñar, uno que me evitara el retorno. El tiempo allá no quiso indicar la ruta pero fue un enorme respiro: hay siempre un mundo por descubrir, una vida que no se termina. Ese mismo tiempo que mantuvo cerrada algunas veredas, develó el paisaje, una librería de usados, una tienda para revelar mis fotos, el fresquito de cas, bastantes amistades que ahora forman lazos de hermanos, el maravilloso hecho de los aeropuertos y la añoranza (por ratos) de Liberia, de Alajuela, de Santa Cruz y su mar fantástico, de volver cuando se pueda para abrazar el presente y, como una reivindicación, la oportunidad de recuperar a mis perros, de pasar otro tiempo cerca de mi madre, mi familia y mis amigos.

Litoral volcánico, playa Mariposa, cerca de San
Juanillo, Santa Cruz, Guanacaste.


Tras la vitrina hay unos aviones inmensos y unas figuritas de acción que se mueven en stop motion. ‘Legos’, eso me parecen todos los personajes que están ahí, abajo, en la pista donde estacionan las aeronaves. Un puente tipo acordeón nos engulle para salir y la terminal de AILA, como siempre está en reparación para no perder la categoría, nos convidan a caminar por una serie improvisada de brazos mecánicos que amarran estas extensiones de pasillo que normalmente servirían únicamente para llevar a los pasajeros del interior de la nave al pasillo de salida... Acá no, acá el retorno es siempre así: curioso y metafórico: unos brazos (acordeonados) que te arropan para que busques un camino de vuelta, una suerte de puente entre el haberse ido y volver, un laberinto de ratón (sin baños ni aire acondicionado) del que no debieras salir. Pero sales y vuelves.  




lunes, 7 de noviembre de 2022

La década de la indolencia y un par de temblores

Escuchar cómo crujen las tablas de un edifico viejo, cual si el tren pasara encima, esperar el bus (que ya no es mágico o nostálgico como el tren que nunca hubo) para retornar a casa mientras el precario celular Nokia del 2012 hacía lo posible por establecer comunicación con mi primo y con los amigos en San Marcos. A media jornada de trabajo del miércoles nos agarró el temblor. Marvín Laynes, mi hermano fotógrafo y pajarero, lo tomó con calma y propuso hacer un recorrido breve por el centro de Xela antes de buscar la camioneta y en todas las calles encontrábamos algo de ripio, algo del tiempo tirado en las calles, pero no estábamos tan conectados a las redes como ahora y en tanto anduvimos por la calle no hubo manera de enterarnos si el temblor había dado para más. Luego de eso, entonces sí, el bus: camino largo por los derrumbes en Ostuncalco y la radio anunciando un mínimo de ocho decesos en Esquipulas Palo Gordo, o en el Recreo San Marcos (los periodistas no se decidían) y los reportes de las casas que habían caído. Marvin se ha quedado en su casa, en Quetzaltenango, así que el viaje a solas resulta en la previamente referida llamadera de teléfono hasta que mi primo contesta y dice que todo esta bien, que Celedonia, quien se encargaba de los quehaceres en casa, se había quedado encerrada porque una puerta se había trabado pero, nada más... pero Mario, mi primo, no había salido a la calle. Hay que descender de la Marquensita en el Cristo Negro, porque ya no se puede avanzar más. Hay que sacar las cámaras porque el «no pasó nada más» de Mario se ha convertido en casas derruidas y desparramadas por toda la vecindad sampedrana y dado que San Marcos tiene casas más viejas, no se puede esperar que la cosa esté mejor... y no lo está.  7 de noviembre, día de San Ernesto. El movimiento sísmico ya puede catalogarse como terremoto y aceptar el referente del santoral, porque hay acontecimientos funestos que la historia demanda sean dotados de «gracia».

Mas lo trágico de este evento vino después, cuando la indolencia tomó posesión de la ciudad y abrazó a a la mayoría de sus habitantes, quienes agacharon la cabeza y se tragaron el cuento ese de la necesidad de demolerlo todo, de que habría reconstrucción y que la ciudad, al fin, tornaría moderna. Diez años hace del Terremoto de San Ernesto, entre edificios ya planificados que pararon arruinados con el posterior terremoto del 2014 y la maquinaria del Patriota con funcionarios y empleados públicos apoyando el enriquecimiento de las constructoras, se rediseñó el destino de San Marcos, uno que pasó de la posibilidad de crear una economía basada en la identidad y la magia que tenía la urbe, a otro gris, con la amargura de la corrupción, la incapacidad técnica y la conveniencia de los políticos que aprovecharon el río revuelto y prefirieron sumir al pueblo en la miseria antes que reconstruir, aprovechar para rediseñar el municipio y generar capital a costillas de la tragedia, como se hubiera hecho en cualquier parte del mundo donde no hay tanto cangrejo. La cuenta sobrepasó las 400 casas demolidas entre las que cayeron casi todas las edificaciones de comienzos del siglo XX, obras con autor identificado, de estilo único y que hacían amalgama perfecta con el paisaje montano. Y en este caso sí se puede seguir llorando sobre la leche derramada puesto que no hay manera que alguien seque el charco y recoja los chayes. 

Además de las demoliciones, como efecto dominó el par de sismos (2012 y 2014) propiciaron el cierre de muchos negocios y la apertura de otros que únicamente estaban a la rapaz espera de la caída de los inmuebles viejos para entrar, en cuenta un supermercado, una paca gigante, un montón de parqueos rodeados de láminas y algunas casas nuevas en aquellos terrenos cuyos propietarios han logrado desenmarañar el lío legal de construir donde había patrimonio y no habían escrituras o se auguraban eternos litigios por intestados y ninguna de esas nuevas construcciones se ha hecho bien, pues ahora reina el desorden estilístico, el estrés del paisaje y la proliferación de locales de persiana metálica, feos, todos cajones, todos inútiles para remendar el espacio urbano, rematado con la remodelación del centro comercial, su arco elaborado con materiales de librería y la pelota cortada por la mitad que ocupa el exterior del altar de la catedral. 

Tras el recuento, en un decenio que también ha tenido sus aciertos, el casco urbano de San Marcos tiene, al ritmo cadencioso que le caracteriza, la oportunidad de reconfigurarse a partir de una planificación urbana con objetivos claros, aprovechando el impulso encabezado por el proyecto de revitalización del Archivo Histórico Municipal, los procesos actuales para constituir nuevamente el museo de la ciudad (y reivindicarse ante la memoria del ilustre Doctor, Ulises Rojas), el aprovechamiento del Salón Quetzal, baluarte histórico, así como del recién construido salón cantonal de San Ramón y el darle un uso correcto al Palacio Maya, único inmueble público restaurado con procesos técnicos adecuados, dotándolos con la vitalidad del arte y de aprovechar su potencial como puntos de encuentro y anclaje de la nueva identidad urbana, ya no tan histórica aún cuando sea vital conservar sus monumentos, los detalles arquitectónicos del cementerio y la memoria de sus gestas de sus héroes locales, sino una identidad basada en la comunidad, la misma que en los días de crisis fue indolente con los edificios pero se tendió la mano en solidaridad de los que perdieron techo y paredes, de los que se quedaron sin un empleo y que aún están ahí, con las ganas de reconstruirse.

Comparto acá, al final, algunas imágenes asociadas a ese proceso de reconfiguración que alcanza hoy la conmemoración del decenio posterior al Terremoto de San Ernesto.


Proceso de construcción de la cúpula de catedral.
Edificación de la nueva cúpula de la Catedral de San Marcos


Reconstrucción del exterior del Salón Quetzal.

Centro comercial de San Marcos, dañado en su estructura por los sismos y que siguió construyéndose más por capricho político que por calidad y estética de la obra.

Predio que ocupaba el edificio Remis, demolido aún cuando podía restaurarse. Actualmente, una reja y un edificio pobremente diseñado ocupan esa esquina en pleno corazón de la ciudad.

Escombros del Centro Comercial, severamente dañado por el segundo terremoto, en 2014.

Daños de la estructura prefabricada del Centro Comercial cuando todavía no se había concluido su construcción y desnudando la calidad ínfima de los trabajos de ingeniería y arquitectura de este inmueble mal remodelado.

 

sábado, 2 de julio de 2022

Escenarios de cuento

 

Cubo del molino de Ixquihuila, San Marcos
Cubo del Molino de Ixquihuila

Una década de mi vida giró entorno del cerro Ixtágel y terminó con mucha nostalgia, tanto que el réquiem se convirtió en algo imperativo. En una ciudad que ha despertado siempre al cobijo de este volcán mal categorizado comienza el relato de Los Reventadores, ficción histórica que narra la vida de dos hombres de cantera, de los que construyeron las ciudades a puro pulmón y algunas cargas de dinamita y de los escenarios cotidianos que ellos recorrían para cumplir la  misión de empedrar la metrópoli de la meseta marquense (para los años sesentas, daba visos de que ese papel, el de metrópoli, le correspondería la barreña ciudad de San Marcos, pero la historia se encaprichó y le jugó la vuelta). 

Uno de esos lugares, mi favorito por muchos años durante mis caminatas junto al Viajero -mi perrito al que extraño con el alma y que inspiró el nombre de este blog (hablando de réquiems)- se encontraba en el cañón de Ixquihuila, uno de los muchos eventos geológicos impresionantes de San Marcos y que permitió la instalación de un ingenio harinero que sobrepasaba el siglo de existencia y que fue destruido por pura codicia del actual propietario. El molino de don Elías, nombre más popular entre todos los que tuvo, se encontraba cerca de una de las canteras basalto agotadas en el esfuerzo constructivo que comenzó en la primera década del siglo XX. Además de su atractivo histórico, Ixquihuila contaba con una serie de pozas de aguas azufradas y convertidas en un balneario público entre las rocas. Entre esas pozas y en aquella cantera, perdida ahora entre el bosque y en la memoria local, ocurren las primeras detonaciones del cuento. 

La segunda referencia, cual saga de películas, fue publicada previo en mi página de Facebook, (la encuentran como Guillermo A. Chocano Alfaro, pues aún no tiene arroba) y hace referencia a la cantera de San José Los Coyotes, dejo el enlace líneas abajo. Si el tiempo da tregua, les contaré de las calles, del camino real y de Archivo Histórico de aquella ciudad para terminar de contextualizar el réquiem. 

Ciudad Vieja, Sacatepéquez, año 2022

Enlace a Los Coyotes en Facebook

Al respecto del libro «Los reventadores» | cuentos | Guillermo A. Chocano Alfaro | Velero Rojo, libros y procesos creativos

 

domingo, 31 de octubre de 2021

Papelito en el barrilete

 



Algunas escenas permanecen. Aunque mi tío Beto tenía fama de barriletero, yo no fui uno de los mayores practicantes de aquel pasatiempo de niño en noviembre. Práctica, al fin, para demostrar destreza y en ese sentido, en la década de los Ochentas, ser siniestro era motivo suficiente para quedar fuera de los juegos que implicaran habilidad manual (y si así los barriletes, ni para qué contarles del trompo o el yo-yo). Entonces, desde la infancia este asunto lo tomé como un evento maravilloso, que implicaba un talento oculto o, quizá, una especie de magia ...fuera de todo, eran bonitos los barriletes.

 

Aunque ponerme a escribir de este tema resultó de una solicitud que me hiciera Anabella Maldonado por el Facebook, relativa a explicar el fenómeno, la tendencia de narrador me llevó a este episodio, o temporada de memorias intermitentes, en las que aparece el instrumento volador de papel. No obstante, y entrando al aspecto histórico, los barriletes del siglo pasado tenían algo de chinos y algo de mesoamericanos y los actuales, en gran mayoría, son de plástico, semiindustriales y con la forma básica de un parapente (feos). Los de antes, en términos generales, consistían en una armazón de cañas de castilla o varillas de bambú (más chino, no se puede), a las cuales se le agregaba un velamen de papel de china que acaparaba todo el hexágono (y continúa la relación con el lejano oriente), que se decoraba a partir de la combinación de colores ...nada más básico. El modelo fue tomando una especialización tal que las decoraciones se volvieron complejas hasta el punto de incluir figuras realistas: motivos patrióticos, animales, flores y hasta panfletos ecologistas han surcado los cielos con la aerodinámica del papel. Y vale mencionar que, hacia los años Treinta, en un pueblito que sólo aparece en el mapa en noviembre, la confección del barrilete adoptó una proporción descomunal cuando el presidente, Ubico, le dijo a los hacedores -acá parafraseo la anécdota local-: “Está bonito el barrilete, pero ¿Por qué no lo hacen más grande?” y atendiendo a que los deseos del dictador eran órdenes, Santiago Sacatepéquez fundó, de manos de sus pobladores, la tradición del barrilete gigante, que a la fecha se considera un festival que debiera, a criterio personal, optar a la categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad, incluyendo la práctica revitalizada que se efectúa en Sumpango, donde hay más espacio y la fiesta es menos sacra.  

De la festividad correspondiente al día de muertos, a la que está asociada esta práctica, escribí hace algunos años (Huellas del Coyote - Día de muertos), incluyendo algunas ideas al respecto de la percepción que tenían los habitantes de la América Media y la analogía del barrilete con el vuelo y la función de la mariposa. Quizá este artefacto volador, como parte del inconsciente colectivo sea, tal cual consideraban los pueblos originarios, una representación que permitía entablar un diálogo con aquellos que se adelantaron en el camino del Mictlán ...y luego los romanos, los chinos y las casualidades... Pero entre todos los fenómenos y variables que ocurren en el territorio, a mi parecer, la tradición de los valles centrales de Guatemala, la del papelito en la pita del barrilete es la más trascendental porque logra la occidentalización de esa idea mesoamericana de una mariposa-papálotl (de ahí que en México se le denomine “papalote” al barrilete) que transmite el sentir de los vivos hacia los muertos. De esta práctica me acuerdo con una nostalgia particular, especialmente cuando estoy viendo volar los barriletes lejos de la ciudad donde dejé el ombligo. Acá, en San Marcos, la elaboración de esta obra de ingeniería de la nostalgia incluye una sordina que hace ruido, que originalmente era de tripa de carnero (si estoy mal, sean los marquenses quienes me corrijan) y una demostración pública de la destreza que tanta ansiedad-estupefacción me causa. El mensaje a los muertos, ese que se coloca en el cable que une el papalote con un emisor en la tierra, no se acostumbra o, simplemente, ya no aparece y sólo se asocia al artilugio volador con el mes de noviembre porque el clima es propicio para elevarse.

 

Guillermo A. Chocano Alfaro  

www.instagram.com/guillecoyote/


miércoles, 10 de marzo de 2021

La frontera como hipótesis

  


En el plan de viaje, de este viaje, en principio había que definir el contexto: Carreteras. Kilómetros de asfalto colmado de túmulos (topes) entre México y Guatemala, en los límites donde la señal del teléfono le falta el respeto a los tratados internacionales y en trechos donde ninguna de las dos repúblicas tiene cobertura… y no sólo de celular. Toda la línea fronteriza es el mismo escenario sin importar de qué lado se esté – al sur de México, al poniente de Guatemala, al levante de Tapachula – y lo único que llevaba por brújula era la idea “estoy a punto de cruzar, de sur a norte, aproximadamente desde el mar hasta La Trinitaria” …a lo tonto, porque ni Weis ni Google Maps encuentran algoritmo que explique la empresa que estoy abordando, ni tienen señal para entrometerse en este asunto.

¿Que esta historia puede no ser cierta? Cabe la posibilidad. Pero la narrativa será cotidiana para quien conoce y además observa. Malacatán es el comienzo de la odisea. Es el sur de Guatemala, es adrenalina de la mala como en todo pueblo de la costa. Me encuentro varado por algunos minutos debido a las protestas resultantes de la privatización de la energía eléctrica (que ocurrió hace veintiún años) que me obligan a dar un rodeo por Catarina y desviarme hacia Tecún Umán. “Esta eventualidad no podrá detenerme”, es lo que pienso y convierto en realidad a fuerza de testarudez. En el arranque del puente, aún del lado chapín, un agente de la policía municipal de Ayutla me cobra un quetzal sin darme una sola explicación y luego continúo mi viaje. Bajo el puente hay balsas que desafían al Suchiate. La cuenca es ancha y turbia para quien cruza buscando sueños que, lejos de habérsele perdido, le fueron arrebatados.

Subo a un taxi colectivo pero no hay más viajeros. El taxista y yo circulamos el zócalo de Ciudad Hidalgo por más de media hora, porque sin pasaje no es posible partir hacia Tapachula, salvo que pague yo los 150 pesos. Al llegar a “la perla del Soconusco” he gastado ya tres horas a puro imprevisto. En las calles de la ciudad perderé una hora más tratando de hallar el estacionamiento de las combis que van a Huixtla adonde llego, al fin, ya con todos los planes tirados a la basura y padeciendo las secuelas de un calor malogrado, aún con la perseguidora de Guatemala y su violencia aunque dicen que acá no es tan jodida la situación.

Hipótesis 1: la ruta más próxima a la meseta comiteca-tojolabal, desde San Marcos, es la que avanza próxima al Tacaná, de sur a norte, porque la mayor parte del avance ocurre en México y no hay tanta vuelta, ni camiones sobrecargados, ni túmulos. Ni siquiera he salido de Huixtla y este planteamiento hipotético deductivo es lo segundo que aviento por la ventana. Llegaré a Comitán fascinado por el paisaje de ecosistemas áridos entre montañas que encañonan el agua que corre hacia el Grijalva, pero arribaré agotado, a más de las nueve, habiendo rebotado de un bus a otro en Huixtla, Motozintla y Frontera Comalapa.  

No dejo de sentirme incómodo por haber emprendido el camino con una planificación tan mala pero debo continuar. La jornada siguiente me perderé un rato en las bonitas calles comitecas, será medio día de paz, de encontrarme conmigo mismo. Hipótesis 2: En cuatro horas de recorrido comprenderé la configuración geográfica de una ciudad que siempre que vuelvo se me hace nueva. Aunque la variable del tiempo fue desechada, luego de perderme un par de veces, tenía ya los puntos de referencia necesarios para cualquier vuelta próxima. La frontera a partir de este instante es un trámite o una idea, nunca más un límite. Mientras camino, olvido a qué vine, los pormenores del trayecto, los kilómetros que faltan para completar un viaje… este viaje.

Hay un templo neogótico al término del camino, uno con vitrales que llenan de color el mundo. Hago una pausa frente al atrio y procedo a cumplir una promesa que me había hecho el año previo: efectuar un registro fotográfico del movimiento y los elementos sonoros que componen el monumento de la pequeña orquesta del maestro, Óscar Bonifaz Caballero, a quien le han dedicado la Plaza del Arte, espacio que danza en contornos con los arcos ojivales del frontispicio de San José. Minutos después vendrían más kilómetros, un diálogo capaz de revitalizar el camino, un retorno en compañía de Fernando Pessoa y una noche, previa a la vuelta de los túmulos, dedicada a redactar nuevas preguntas que habrán de resolverse pronto.

El retorno hacia el sur es fatal pues hay mucha gente que viaja en el mismo sentido. Esta vez, de mañana, los buses transitan muy lento y con sobrecarga de pasaje porque las unidades escasean. Hay protestas desde la salida de Comitán y tendré que lidiar de nuevo con los rodeos, con doce horas de trasbordos y camino. Hipótesis afirmada: cuando se vive en cualquiera de los costados de este borde, una de las hazañas más meritorias del hombre es completar un viaje, porque resulta difícil entender que algo existe más allá de la propia frontera, la que trazamos en nuestra mente; porque la frontera misma puede ser subjetiva. 


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Guillermo A. Chocano Alfaro

narrativa fotográfica en

 https://www.instagram.com/guillecoyote/ 

[comunicación directa por esa misma vía]

domingo, 21 de febrero de 2021

Chu'Taxtyoox y la lengua materna



“Arriba de la vieja iglesia” así nos enseñaron los libros que se traducía el nombre de aquel lugar adonde fuimos a trabajar a comienzos de siglo. Una señal de carretera indica la presencia del sitio arqueológico Xutixtiox, Smith, Monaghan y Fox dan cuenta de esta antigua ciudad pero, aun con la repetición del nombre, no indican que haya una sola estructura al pie del cerro, allende que las iglesias llegan a Mesoamérica hasta la primera mitad del siglo XVI. ¿Explicación? ¡Por supuesto!: los tres gringos estaban lejos de entender el sentido y la vitalidad de una palabra ancestral.

Tras una década de caminar en compañía de integrantes de la Comunidad Lingüística Sakapulteka y andar preguntando, puro el ixtío, el significado de cada palabra en su idioma, me tocó entender que la mayor parte de las cosas no pueden traducirse de forma literal. Chu’Taxtyoox - que así está regulada la grafía atendiendo a las reglas de la gramática normativa sakapulteka – es un vocablo compuesto por un locativo y un concepto mucho más introspectivo. Proponer una traducción es arriesgado, pero considero, después de muchos intentos, que aquella palabra la comprendo como “allá arriba, donde convergen las fuerzas que rigen el universo, donde damos gracias” y así dejan de ser dos palabras y creo que, aún con el intento de precisión, estoy lejos de comprender todo el significado que este concepto-lugar-emoción implica, pero estoy claro que “tyoox” es una palabra mágica. ¿quién pudiese explicarlo mejor? Un docto lingüista, quizá. ¿Quién pudiese comprenderlo mejor? Todo aquel que nació con esta voz grabada en su corazón: un Tujaal. El que por lengua materna tiene el sakapulteko.

En México recién este año se otorgará protección jurídica a las lenguas originarias; en Guatemala, la promoción del idioma materno comenzó junto con el siglo y algunas comunidades han aprovechado el primer empuje para crecer y fortalecerse, recuperar los nombres ancestrales de cada paraje y darle sentido a la vida que les rodea, con voz propia.


La mayoría de nosotros nacimos cobijados por un idioma oficial y poco nos percatamos de alguna dificultad de comunicación aun cuando tenemos nuestras variantes dialectales (ixtío = chamaco = escuintle = patojo = carajillo = zipote = pibito…), pero hay un buen grupo que aprendió el idioma de la escuela y mantuvo, además, la impresionante luz de hablar otra lengua y llevarla en el alma.

Hay palabras que no tienen traducción.

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Guillermo A. Chocano Alfaro

Escritor

Narrativa fotográfica compartida a través de www.instagram.com/guillecoyote  

La arqueología es una buena excusa

  Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar.              De la arqueología lo que más agradezco es haberme encontrado con tantos amigos disgregados por...