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| Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar. |
...encontrarnos.
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| Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar. |
«...Bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver.
Volver,
con la frente marchita»
Estrella Morente
Recoges la maleta, te abres paso entre la multitud —todo ha ido bien en la aduana— y en calidad de Salmón sobrepasas la puerta, pero hay un sentimiento medio jodido, una pregunta: ¿Dejaste algo atrás? Revisas las bolsas: está el pasaporte, el teléfono, los audífonos, la billetera (con el dinero ya repartido en las bolsas del pantalón porque sabés que regresaste a una de las ciudades más delictivas y sádicas de América Latina y dejás el "tú" que te es tan cómodo para regresar al "vos" porque ya venís a la defensiva), el miedo, el intento fallido, el suéter; viene todo, menos las añoranzas, unos libros y la bicicleta. Ya no recuerdo si en este viaje esperé a que alguien viniera por mí o si fui primero a donde mi madre porque mi subconsciente intenta olvidar que esto es un retorno (en tono de "esto es un asalto"), voy pensando en el mar, en que es casi seguro que no volveré a Guanacaste o, al menos, no en las mismas circunstancias, que no extraño ni entiendo San José (como no lo extrañe ni lo entendí en el trayecto que ocurrió para ese mismo rumbo dos décadas antes) y en la necesidad de no poner los pies sobre la tierra... sobre esta tierra.
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| Puente peatonal que une el centro de Alajuela con Río Segundo. Abajo, además de los buses, pasa el tren. |
La anécdota de Costa Rica tiene un poco de todo: desde que llegué e inclusive desde antes, todo mundo se dedicó a remarcar el costo de la vida en aquel país: los alquileres, la comida, el transporte, los excesos, todo. Era como el discurso de lo peligroso que resulta llegar a Guatemala y de la misma forma, a fuerza de verdades a medias, de anécdotas personales y de andar un poco, como en el último tiempo, con las manos en los bolsillos vacíos, se termina uno tragando el cuento… pero estuve suficiente tiempo allá como para tener mi propia anécdota y mi propio juicio. Así que no, es un país tan caro como cualquier otro y más accesible que el mío, porque en el momento en que uno coloca en la balanza que se cuenta con un transporte público súmamente eficiente, con un seguro social bastante accesible y con educación gratuita, queda equilibrado el costo del alquiler de vivienda (que sí es elevado, especialmente en ‘Chepe’) y lo caro que puede resultarle a un extranjero, que no gusta del arroz y el pollo, vivir en un lugar donde no existe el pan francés ni las taquerías, pero en el que igual y se puede encontrar el modo. Una vez terminada la agonía de la capital y habiendo arrancado el proyecto de trabajo en Guanacaste, esa búsqueda quedó en la lista de pendientes y dependería todo del arreglo de papeles que terminó perdido en el limbo de la burocracia migratoria, del fascismo con se define al trabajador que se ha desplazado desde otros rincones de Centroamérica y de la desesperanza. Opté por desistir, por querer largarme a Nicaragua... o volver “con la frente marchita”. Pero las discusiones de precios y de cambio de moneda no lo fueron todo, aunque siempre estuvieron presentes. Hube de encontrarme de nuevo con la arqueología y, por primera vez, con esa suerte de mercenarismo resultante de los proyectos de rescate y mi incomodidad ante el hecho de saber que el patrimonio siempre lleva las de perder. También me llevó a la playa, terminando así una relación de apatía que tuve por años con el mar, porque allá es otra cosa, es sublime y capaz de aliviar el alma… Finalmente, me encontré con una Costa Rica que es, ante todo, una nación bonita, en donde las virtudes sobrepasan con creces a las carencias, en la que puede uno estar sin el asedio permanente de la violencia, leer en el bus y andar, siempre andar.
Al salir de Guatemala, hace poco menos de un año, llevé libros y la esperanza de encontrarme en un escenario menos inadecuado para los oficios que puedo desempeñar, uno que me evitara el retorno. El tiempo allá no quiso indicar la ruta pero fue un enorme respiro: hay siempre un mundo por descubrir, una vida que no se termina. Ese mismo tiempo que mantuvo cerrada algunas veredas, develó el paisaje, una librería de usados, una tienda para revelar mis fotos, el fresquito de cas, bastantes amistades que ahora forman lazos de hermanos, el maravilloso hecho de los aeropuertos y la añoranza (por ratos) de Liberia, de Alajuela, de Santa Cruz y su mar fantástico, de volver cuando se pueda para abrazar el presente y, como una reivindicación, la oportunidad de recuperar a mis perros, de pasar otro tiempo cerca de mi madre, mi familia y mis amigos.
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| Litoral volcánico, playa Mariposa, cerca de San Juanillo, Santa Cruz, Guanacaste. |
Tras la vitrina hay unos aviones inmensos y unas figuritas de acción que se mueven en stop motion. ‘Legos’, eso me parecen todos los personajes que están ahí, abajo, en la pista donde estacionan las aeronaves. Un puente tipo acordeón nos engulle para salir y la terminal de AILA, como siempre está en reparación para no perder la categoría, nos convidan a caminar por una serie improvisada de brazos mecánicos que amarran estas extensiones de pasillo que normalmente servirían únicamente para llevar a los pasajeros del interior de la nave al pasillo de salida... Acá no, acá el retorno es siempre así: curioso y metafórico: unos brazos (acordeonados) que te arropan para que busques un camino de vuelta, una suerte de puente entre el haberse ido y volver, un laberinto de ratón (sin baños ni aire acondicionado) del que no debieras salir. Pero sales y vuelves.
| Edificación de la nueva cúpula de la Catedral de San Marcos |
| Reconstrucción del exterior del Salón Quetzal. |
| Centro comercial de San Marcos, dañado en su estructura por los sismos y que siguió construyéndose más por capricho político que por calidad y estética de la obra. |
| Predio que ocupaba el edificio Remis, demolido aún cuando podía restaurarse. Actualmente, una reja y un edificio pobremente diseñado ocupan esa esquina en pleno corazón de la ciudad. |
| Escombros del Centro Comercial, severamente dañado por el segundo terremoto, en 2014. |
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| Cubo del Molino de Ixquihuila |
Una década de mi vida giró entorno del cerro Ixtágel y terminó con mucha nostalgia, tanto que el réquiem se convirtió en algo imperativo. En una ciudad que ha despertado siempre al cobijo de este volcán mal categorizado comienza el relato de Los Reventadores, ficción histórica que narra la vida de dos hombres de cantera, de los que construyeron las ciudades a puro pulmón y algunas cargas de dinamita y de los escenarios cotidianos que ellos recorrían para cumplir la misión de empedrar la metrópoli de la meseta marquense (para los años sesentas, daba visos de que ese papel, el de metrópoli, le correspondería la barreña ciudad de San Marcos, pero la historia se encaprichó y le jugó la vuelta).
Uno de esos lugares, mi favorito por muchos años durante mis caminatas junto al Viajero -mi perrito al que extraño con el alma y que inspiró el nombre de este blog (hablando de réquiems)- se encontraba en el cañón de Ixquihuila, uno de los muchos eventos geológicos impresionantes de San Marcos y que permitió la instalación de un ingenio harinero que sobrepasaba el siglo de existencia y que fue destruido por pura codicia del actual propietario. El molino de don Elías, nombre más popular entre todos los que tuvo, se encontraba cerca de una de las canteras basalto agotadas en el esfuerzo constructivo que comenzó en la primera década del siglo XX. Además de su atractivo histórico, Ixquihuila contaba con una serie de pozas de aguas azufradas y convertidas en un balneario público entre las rocas. Entre esas pozas y en aquella cantera, perdida ahora entre el bosque y en la memoria local, ocurren las primeras detonaciones del cuento.
La segunda referencia, cual saga de películas, fue publicada previo en mi página de Facebook, (la encuentran como Guillermo A. Chocano Alfaro, pues aún no tiene arroba) y hace referencia a la cantera de San José Los Coyotes, dejo el enlace líneas abajo. Si el tiempo da tregua, les contaré de las calles, del camino real y de Archivo Histórico de aquella ciudad para terminar de contextualizar el réquiem.
Ciudad Vieja, Sacatepéquez, año 2022
Enlace a Los Coyotes en Facebook
Al respecto del libro «Los reventadores» | cuentos | Guillermo A. Chocano Alfaro | Velero Rojo, libros y procesos creativos
Algunas escenas permanecen. Aunque mi tío Beto tenía fama de barriletero, yo no fui uno de los mayores practicantes de aquel pasatiempo de niño en noviembre. Práctica, al fin, para demostrar destreza y en ese sentido, en la década de los Ochentas, ser siniestro era motivo suficiente para quedar fuera de los juegos que implicaran habilidad manual (y si así los barriletes, ni para qué contarles del trompo o el yo-yo). Entonces, desde la infancia este asunto lo tomé como un evento maravilloso, que implicaba un talento oculto o, quizá, una especie de magia ...fuera de todo, eran bonitos los barriletes.
Aunque ponerme a escribir de este tema resultó de una
solicitud que me hiciera Anabella Maldonado por el Facebook, relativa a explicar
el fenómeno, la tendencia de narrador me llevó a este episodio, o temporada de
memorias intermitentes, en las que aparece el instrumento volador de papel. No
obstante, y entrando al aspecto histórico, los barriletes del siglo pasado
tenían algo de chinos y algo de mesoamericanos y los actuales, en gran mayoría,
son de plástico, semiindustriales y con la forma básica de un parapente (feos).
Los de antes, en términos generales, consistían en una armazón de cañas de
castilla o varillas de bambú (más chino, no se puede), a las cuales se le agregaba
un velamen de papel de china que acaparaba todo el hexágono (y continúa la
relación con el lejano oriente), que se decoraba a partir de la combinación de
colores ...nada más básico. El modelo fue tomando una especialización tal que
las decoraciones se volvieron complejas hasta el punto de incluir figuras
realistas: motivos patrióticos, animales, flores y hasta panfletos ecologistas han
surcado los cielos con la aerodinámica del papel. Y vale mencionar que, hacia
los años Treinta, en un pueblito que sólo aparece en el mapa en noviembre, la confección
del barrilete adoptó una proporción descomunal cuando el presidente, Ubico, le
dijo a los hacedores -acá parafraseo la anécdota local-: “Está bonito el
barrilete, pero ¿Por qué no lo hacen más grande?” y atendiendo a que los deseos
del dictador eran órdenes, Santiago Sacatepéquez fundó, de manos de sus
pobladores, la tradición del barrilete gigante, que a la fecha se considera un
festival que debiera, a criterio personal, optar a la categoría de Patrimonio Cultural
de la Humanidad, incluyendo la práctica revitalizada que se efectúa en Sumpango,
donde hay más espacio y la fiesta es menos sacra.
De la festividad correspondiente al día de muertos, a la que
está asociada esta práctica, escribí hace algunos años (Huellas del Coyote - Día de muertos), incluyendo algunas ideas
al respecto de la percepción que tenían los habitantes de la América Media y la
analogía del barrilete con el vuelo y la función de la mariposa. Quizá este artefacto
volador, como parte del inconsciente colectivo sea, tal cual consideraban los
pueblos originarios, una representación que permitía entablar un diálogo con aquellos
que se adelantaron en el camino del Mictlán ...y luego los romanos, los chinos
y las casualidades... Pero entre todos los fenómenos y variables que ocurren en
el territorio, a mi parecer, la tradición de los valles centrales de Guatemala,
la del papelito en la pita del barrilete es la más trascendental porque logra
la occidentalización de esa idea mesoamericana de una mariposa-papálotl (de ahí
que en México se le denomine “papalote” al barrilete) que transmite el sentir
de los vivos hacia los muertos. De esta práctica me acuerdo con una nostalgia
particular, especialmente cuando estoy viendo volar los barriletes lejos de la
ciudad donde dejé el ombligo. Acá, en San Marcos, la elaboración de esta obra
de ingeniería de la nostalgia incluye una sordina que hace ruido, que originalmente
era de tripa de carnero (si estoy mal, sean los marquenses quienes me corrijan)
y una demostración pública de la destreza que tanta ansiedad-estupefacción me
causa. El mensaje a los muertos, ese que se coloca en el cable que une el
papalote con un emisor en la tierra, no se acostumbra o, simplemente, ya no
aparece y sólo se asocia al artilugio volador con el mes de noviembre porque el
clima es propicio para elevarse.
Guillermo A. Chocano Alfaro
En el plan de viaje, de este viaje, en principio había que definir el contexto: Carreteras. Kilómetros de asfalto colmado de túmulos (topes) entre México y Guatemala, en los límites donde la señal del teléfono le falta el respeto a los tratados internacionales y en trechos donde ninguna de las dos repúblicas tiene cobertura… y no sólo de celular. Toda la línea fronteriza es el mismo escenario sin importar de qué lado se esté – al sur de México, al poniente de Guatemala, al levante de Tapachula – y lo único que llevaba por brújula era la idea “estoy a punto de cruzar, de sur a norte, aproximadamente desde el mar hasta La Trinitaria” …a lo tonto, porque ni Weis ni Google Maps encuentran algoritmo que explique la empresa que estoy abordando, ni tienen señal para entrometerse en este asunto.
¿Que esta historia puede no ser cierta? Cabe la posibilidad. Pero la narrativa será cotidiana para quien conoce y además observa. Malacatán es el comienzo de la odisea. Es el sur de Guatemala, es adrenalina de la mala como en todo pueblo de la costa. Me encuentro varado por algunos minutos debido a las protestas resultantes de la privatización de la energía eléctrica (que ocurrió hace veintiún años) que me obligan a dar un rodeo por Catarina y desviarme hacia Tecún Umán. “Esta eventualidad no podrá detenerme”, es lo que pienso y convierto en realidad a fuerza de testarudez. En el arranque del puente, aún del lado chapín, un agente de la policía municipal de Ayutla me cobra un quetzal sin darme una sola explicación y luego continúo mi viaje. Bajo el puente hay balsas que desafían al Suchiate. La cuenca es ancha y turbia para quien cruza buscando sueños que, lejos de habérsele perdido, le fueron arrebatados.
Subo a un taxi colectivo pero no hay más viajeros. El taxista y yo circulamos el zócalo de Ciudad Hidalgo por más de media hora, porque sin pasaje no es posible partir hacia Tapachula, salvo que pague yo los 150 pesos. Al llegar a “la perla del Soconusco” he gastado ya tres horas a puro imprevisto. En las calles de la ciudad perderé una hora más tratando de hallar el estacionamiento de las combis que van a Huixtla adonde llego, al fin, ya con todos los planes tirados a la basura y padeciendo las secuelas de un calor malogrado, aún con la perseguidora de Guatemala y su violencia aunque dicen que acá no es tan jodida la situación.
Hipótesis 1: la ruta más próxima a la meseta comiteca-tojolabal, desde San Marcos, es la que avanza próxima al Tacaná, de sur a norte, porque la mayor parte del avance ocurre en México y no hay tanta vuelta, ni camiones sobrecargados, ni túmulos. Ni siquiera he salido de Huixtla y este planteamiento hipotético deductivo es lo segundo que aviento por la ventana. Llegaré a Comitán fascinado por el paisaje de ecosistemas áridos entre montañas que encañonan el agua que corre hacia el Grijalva, pero arribaré agotado, a más de las nueve, habiendo rebotado de un bus a otro en Huixtla, Motozintla y Frontera Comalapa.
No dejo de sentirme incómodo por haber emprendido el camino con una planificación tan mala pero debo continuar. La jornada siguiente me perderé un rato en las bonitas calles comitecas, será medio día de paz, de encontrarme conmigo mismo. Hipótesis 2: En cuatro horas de recorrido comprenderé la configuración geográfica de una ciudad que siempre que vuelvo se me hace nueva. Aunque la variable del tiempo fue desechada, luego de perderme un par de veces, tenía ya los puntos de referencia necesarios para cualquier vuelta próxima. La frontera a partir de este instante es un trámite o una idea, nunca más un límite. Mientras camino, olvido a qué vine, los pormenores del trayecto, los kilómetros que faltan para completar un viaje… este viaje.
Hay un templo neogótico al término del camino, uno con vitrales que llenan de color el mundo. Hago una pausa frente al atrio y procedo a cumplir una promesa que me había hecho el año previo: efectuar un registro fotográfico del movimiento y los elementos sonoros que componen el monumento de la pequeña orquesta del maestro, Óscar Bonifaz Caballero, a quien le han dedicado la Plaza del Arte, espacio que danza en contornos con los arcos ojivales del frontispicio de San José. Minutos después vendrían más kilómetros, un diálogo capaz de revitalizar el camino, un retorno en compañía de Fernando Pessoa y una noche, previa a la vuelta de los túmulos, dedicada a redactar nuevas preguntas que habrán de resolverse pronto.
El retorno hacia el sur es fatal pues hay mucha gente que viaja en el mismo sentido. Esta vez, de mañana, los buses transitan muy lento y con sobrecarga de pasaje porque las unidades escasean. Hay protestas desde la salida de Comitán y tendré que lidiar de nuevo con los rodeos, con doce horas de trasbordos y camino. Hipótesis afirmada: cuando se vive en cualquiera de los costados de este borde, una de las hazañas más meritorias del hombre es completar un viaje, porque resulta difícil entender que algo existe más allá de la propia frontera, la que trazamos en nuestra mente; porque la frontera misma puede ser subjetiva.
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Guillermo A. Chocano Alfaro
narrativa fotográfica en
https://www.instagram.com/guillecoyote/
[comunicación directa por esa misma vía]
“Arriba de la vieja iglesia” así nos enseñaron los libros que se traducía el nombre de aquel lugar adonde fuimos a trabajar a comienzos de siglo. Una señal de carretera indica la presencia del sitio arqueológico Xutixtiox, Smith, Monaghan y Fox dan cuenta de esta antigua ciudad pero, aun con la repetición del nombre, no indican que haya una sola estructura al pie del cerro, allende que las iglesias llegan a Mesoamérica hasta la primera mitad del siglo XVI. ¿Explicación? ¡Por supuesto!: los tres gringos estaban lejos de entender el sentido y la vitalidad de una palabra ancestral.
Tras una década de caminar en compañía de integrantes de la Comunidad
Lingüística Sakapulteka y andar preguntando, puro el ixtío, el
significado de cada palabra en su idioma, me tocó entender que la mayor parte
de las cosas no pueden traducirse de forma literal. Chu’Taxtyoox - que así está
regulada la grafía atendiendo a las reglas de la gramática normativa sakapulteka
– es un vocablo compuesto por un locativo y un concepto mucho más introspectivo.
Proponer una traducción es arriesgado, pero considero, después de muchos
intentos, que aquella palabra la comprendo como “allá arriba, donde convergen las
fuerzas que rigen el universo, donde damos gracias” y así dejan de ser dos
palabras y creo que, aún con el intento de precisión, estoy lejos de comprender
todo el significado que este concepto-lugar-emoción implica, pero estoy
claro que “tyoox” es una palabra mágica. ¿quién pudiese explicarlo mejor? Un docto
lingüista, quizá. ¿Quién pudiese comprenderlo mejor? Todo aquel que nació con esta
voz grabada en su corazón: un Tujaal. El que por lengua materna tiene el
sakapulteko.
En México recién este año se otorgará protección jurídica a
las lenguas originarias; en Guatemala, la promoción del idioma materno comenzó junto
con el siglo y algunas comunidades han aprovechado el primer empuje para crecer
y fortalecerse, recuperar los nombres ancestrales de cada paraje y darle
sentido a la vida que les rodea, con voz propia.
La mayoría de nosotros nacimos cobijados por un idioma
oficial y poco nos percatamos de alguna dificultad de comunicación aun cuando
tenemos nuestras variantes dialectales (ixtío = chamaco = escuintle = patojo = carajillo
= zipote = pibito…), pero hay un buen grupo que aprendió el idioma de la
escuela y mantuvo, además, la impresionante luz de hablar otra lengua y
llevarla en el alma.
Hay palabras que no tienen traducción.
Guillermo A. Chocano Alfaro
Escritor
Narrativa fotográfica compartida a través de www.instagram.com/guillecoyote
Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar. De la arqueología lo que más agradezco es haberme encontrado con tantos amigos disgregados por...