I
Existe en el pueblo maya mam una leyenda que cuenta que
todos los cerros tienen un espíritu regente al que llaman Juan No’j. Este
personaje anda en la montaña con la misma libertad que el coyote y, al igual
que el solitario cánido, se deja ver muy de vez en cuando, dejando fortuna al
caminante elegido para la aparición si éste decide pactar.
Pero este Juan No’j tiene su lado oscuro, tanto así que la
gente le teme, pues la fortuna muchas veces termina siendo comprada con el
espíritu de quien se topó en el camino con el legendario personaje. Por eso los
que viven cerca de alguna colina cuidan de no caminar tarde en el monte y
evitan perturbar la montaña (cazar o talar sin una razón consistente) para no
provocarle un enojo al “dueño”.
Así es como la montaña queda protegida de la codicia y las
imprudencias de los seres humanos.
II
Ocho años hace que envío trabajos de fotografía al concurso
de la World Photography Organization, de tal cuenta que diciembre lo ocupo en
seleccionar lo mejor de mi archivo y lo subo a la plataforma digital
establecida para el caso, sin que los resultados hayan sido a la fecha los
esperados.
En los primeros intentos coloqué mi trabajo en la categoría
Amateur con sendas fotos de paisajes que no guardaban relación alguna. Decidí
entonces, al cuarto intento, acceder en la categoría profesional, en la cual
deben subirse trabajos en bloque con una temática común integrada por más de
cinco imágenes. Después de los dos años iniciales en dicha categoría, en los
cuales me entretuve en la selección aunque mis expectativas eran bajas, tenía
en mi computadora la serie perfecta: conjunto de fotos con un hilo conductor,
bien balanceadas en parámetros de iluminación, de técnica y estética que podían
entrar en la lista corta de finalistas.
La serie la había realizado en una sola jornada, apenas unos
días antes del cierre de la convocatoria, durante mi primer ascenso al volcán
Tacaná. Como protagonista tenían a mi amigo Coquí Morales quien, conocedor del
camino, se mantuvo en la dirigencia de aquella expedición de dos días. Entre un
paisaje y otro, decidí captar sus pasos, los momentos álgidos de la caminata,
los descansos y cada uno de esos instantes en los cuales vi cómo se fundía con
la naturaleza ígnea que le rodeaba.
Ya en casa, tras el revelado digital y la elección de las
fotos que habría de subir a la plataforma, debía seleccionar un título para la
serie de retratos y, de entre unas pocas combinaciones de palabras, elegí
“Espíritu de montaña”. Algunas de esas fotos, que terminaron siendo una
victoria personal pero que tampoco fueron del gusto del exigente jurado de la
WPO, ilustran esta primera publicación de Las Huellas del Coyote.
III
Cada quien en su faceta de coleccionista de cumbres, tiene
sus particularidades, serie de hábitos que hacen la diferencia entre los
montañistas de cepa y los que alguna vez, o quizá solo una en la vida, se
encaraman a los volcanes por turismo, curiosidad o simple moda. La elección de
calzado, la manera de atar las correas o de acomodar los pertrechos en la
mochila. Cada uno tenemos, además, nuestros rituales.
En el tiempo de secas del año de 1994 fui invitado a dar mis
primeros pasos de montañista. Contaba con 14 años y el ascenso al coloso
Hunahpú, volcán de Agua, el que adorna las postales de la Antigua Guatemala,
hacía las veces de primer ritual, de prueba de resistencia. Algunas cosas eran
asunto de rutina: equilibrar el peso en la mochila desde la noche previa,
llegar a Santa María de Jesús e inmediatamente dar parte a los bomberos del
grupo de integrantes de la expedición y la hora predestinada para el retorno
(en aquella ocasión, programado para ascenso-descenso el mismo día, debíamos
volver a eso de las cuatro de la tarde). Los guías elevaban una plegaria y ¡A
caminar!
De esa primera aventura, además de mi amor por las
montañas, aún conservo el hábito – ya
perfeccionado – del equilibrio de peso considerando en principio la cantidad de
agua que habré de transportar. También sigo llevando las dos latitas de leche
condensada que servirán para devolverme a la vida en los pasajes más exigentes
del camino.
Al comienzo del siglo, gracias a Daniel, Edgar, Roberto y
Giovany, aprendí a llevar menos carga, cocinar en las cumbres y caminar de
noche. Con ellos ha sido también que he sumado la mayoría de cumbres de mi
colección y con quienes aprendí qué hacer al instante mismo de llegar a la cima
de cualquier montaña, ritual que repito ahora con cada nuevo montañista que
acompaña mis andares.
Y bueno, en los ascensos postreros, a las costumbres y
rituales hemos agregado una rutina de estiramiento previo, la carpa unipersonal
y los snickers. También cargo conmigo
unas candelas que empleo para dar gracias a la montaña por la recarga de
energía que llevo conmigo de vuelta a casa.


