lunes, 7 de noviembre de 2022

La década de la indolencia y un par de temblores

Escuchar cómo crujen las tablas de un edifico viejo, cual si el tren pasara encima, esperar el bus (que ya no es mágico o nostálgico como el tren que nunca hubo) para retornar a casa mientras el precario celular Nokia del 2012 hacía lo posible por establecer comunicación con mi primo y con los amigos en San Marcos. A media jornada de trabajo del miércoles nos agarró el temblor. Marvín Laynes, mi hermano fotógrafo y pajarero, lo tomó con calma y propuso hacer un recorrido breve por el centro de Xela antes de buscar la camioneta y en todas las calles encontrábamos algo de ripio, algo del tiempo tirado en las calles, pero no estábamos tan conectados a las redes como ahora y en tanto anduvimos por la calle no hubo manera de enterarnos si el temblor había dado para más. Luego de eso, entonces sí, el bus: camino largo por los derrumbes en Ostuncalco y la radio anunciando un mínimo de ocho decesos en Esquipulas Palo Gordo, o en el Recreo San Marcos (los periodistas no se decidían) y los reportes de las casas que habían caído. Marvin se ha quedado en su casa, en Quetzaltenango, así que el viaje a solas resulta en la previamente referida llamadera de teléfono hasta que mi primo contesta y dice que todo esta bien, que Celedonia, quien se encargaba de los quehaceres en casa, se había quedado encerrada porque una puerta se había trabado pero, nada más... pero Mario, mi primo, no había salido a la calle. Hay que descender de la Marquensita en el Cristo Negro, porque ya no se puede avanzar más. Hay que sacar las cámaras porque el «no pasó nada más» de Mario se ha convertido en casas derruidas y desparramadas por toda la vecindad sampedrana y dado que San Marcos tiene casas más viejas, no se puede esperar que la cosa esté mejor... y no lo está.  7 de noviembre, día de San Ernesto. El movimiento sísmico ya puede catalogarse como terremoto y aceptar el referente del santoral, porque hay acontecimientos funestos que la historia demanda sean dotados de «gracia».

Mas lo trágico de este evento vino después, cuando la indolencia tomó posesión de la ciudad y abrazó a a la mayoría de sus habitantes, quienes agacharon la cabeza y se tragaron el cuento ese de la necesidad de demolerlo todo, de que habría reconstrucción y que la ciudad, al fin, tornaría moderna. Diez años hace del Terremoto de San Ernesto, entre edificios ya planificados que pararon arruinados con el posterior terremoto del 2014 y la maquinaria del Patriota con funcionarios y empleados públicos apoyando el enriquecimiento de las constructoras, se rediseñó el destino de San Marcos, uno que pasó de la posibilidad de crear una economía basada en la identidad y la magia que tenía la urbe, a otro gris, con la amargura de la corrupción, la incapacidad técnica y la conveniencia de los políticos que aprovecharon el río revuelto y prefirieron sumir al pueblo en la miseria antes que reconstruir, aprovechar para rediseñar el municipio y generar capital a costillas de la tragedia, como se hubiera hecho en cualquier parte del mundo donde no hay tanto cangrejo. La cuenta sobrepasó las 400 casas demolidas entre las que cayeron casi todas las edificaciones de comienzos del siglo XX, obras con autor identificado, de estilo único y que hacían amalgama perfecta con el paisaje montano. Y en este caso sí se puede seguir llorando sobre la leche derramada puesto que no hay manera que alguien seque el charco y recoja los chayes. 

Además de las demoliciones, como efecto dominó el par de sismos (2012 y 2014) propiciaron el cierre de muchos negocios y la apertura de otros que únicamente estaban a la rapaz espera de la caída de los inmuebles viejos para entrar, en cuenta un supermercado, una paca gigante, un montón de parqueos rodeados de láminas y algunas casas nuevas en aquellos terrenos cuyos propietarios han logrado desenmarañar el lío legal de construir donde había patrimonio y no habían escrituras o se auguraban eternos litigios por intestados y ninguna de esas nuevas construcciones se ha hecho bien, pues ahora reina el desorden estilístico, el estrés del paisaje y la proliferación de locales de persiana metálica, feos, todos cajones, todos inútiles para remendar el espacio urbano, rematado con la remodelación del centro comercial, su arco elaborado con materiales de librería y la pelota cortada por la mitad que ocupa el exterior del altar de la catedral. 

Tras el recuento, en un decenio que también ha tenido sus aciertos, el casco urbano de San Marcos tiene, al ritmo cadencioso que le caracteriza, la oportunidad de reconfigurarse a partir de una planificación urbana con objetivos claros, aprovechando el impulso encabezado por el proyecto de revitalización del Archivo Histórico Municipal, los procesos actuales para constituir nuevamente el museo de la ciudad (y reivindicarse ante la memoria del ilustre Doctor, Ulises Rojas), el aprovechamiento del Salón Quetzal, baluarte histórico, así como del recién construido salón cantonal de San Ramón y el darle un uso correcto al Palacio Maya, único inmueble público restaurado con procesos técnicos adecuados, dotándolos con la vitalidad del arte y de aprovechar su potencial como puntos de encuentro y anclaje de la nueva identidad urbana, ya no tan histórica aún cuando sea vital conservar sus monumentos, los detalles arquitectónicos del cementerio y la memoria de sus gestas de sus héroes locales, sino una identidad basada en la comunidad, la misma que en los días de crisis fue indolente con los edificios pero se tendió la mano en solidaridad de los que perdieron techo y paredes, de los que se quedaron sin un empleo y que aún están ahí, con las ganas de reconstruirse.

Comparto acá, al final, algunas imágenes asociadas a ese proceso de reconfiguración que alcanza hoy la conmemoración del decenio posterior al Terremoto de San Ernesto.


Proceso de construcción de la cúpula de catedral.
Edificación de la nueva cúpula de la Catedral de San Marcos


Reconstrucción del exterior del Salón Quetzal.

Centro comercial de San Marcos, dañado en su estructura por los sismos y que siguió construyéndose más por capricho político que por calidad y estética de la obra.

Predio que ocupaba el edificio Remis, demolido aún cuando podía restaurarse. Actualmente, una reja y un edificio pobremente diseñado ocupan esa esquina en pleno corazón de la ciudad.

Escombros del Centro Comercial, severamente dañado por el segundo terremoto, en 2014.

Daños de la estructura prefabricada del Centro Comercial cuando todavía no se había concluido su construcción y desnudando la calidad ínfima de los trabajos de ingeniería y arquitectura de este inmueble mal remodelado.

 

2 comentarios:

  1. Muy bonito, solo que el terremoto fue Miércoles 7 de Noviembre de 2012, de dónde sacó que fue sábado?

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias por la observación, ahora lo corrijo.

    ResponderEliminar

La arqueología es una buena excusa

  Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar.              De la arqueología lo que más agradezco es haberme encontrado con tantos amigos disgregados por...