En el plan de viaje, de este viaje, en principio había que definir el contexto: Carreteras. Kilómetros de asfalto colmado de túmulos (topes) entre México y Guatemala, en los límites donde la señal del teléfono le falta el respeto a los tratados internacionales y en trechos donde ninguna de las dos repúblicas tiene cobertura… y no sólo de celular. Toda la línea fronteriza es el mismo escenario sin importar de qué lado se esté – al sur de México, al poniente de Guatemala, al levante de Tapachula – y lo único que llevaba por brújula era la idea “estoy a punto de cruzar, de sur a norte, aproximadamente desde el mar hasta La Trinitaria” …a lo tonto, porque ni Weis ni Google Maps encuentran algoritmo que explique la empresa que estoy abordando, ni tienen señal para entrometerse en este asunto.
¿Que esta historia puede no ser cierta? Cabe la posibilidad. Pero la narrativa será cotidiana para quien conoce y además observa. Malacatán es el comienzo de la odisea. Es el sur de Guatemala, es adrenalina de la mala como en todo pueblo de la costa. Me encuentro varado por algunos minutos debido a las protestas resultantes de la privatización de la energía eléctrica (que ocurrió hace veintiún años) que me obligan a dar un rodeo por Catarina y desviarme hacia Tecún Umán. “Esta eventualidad no podrá detenerme”, es lo que pienso y convierto en realidad a fuerza de testarudez. En el arranque del puente, aún del lado chapín, un agente de la policía municipal de Ayutla me cobra un quetzal sin darme una sola explicación y luego continúo mi viaje. Bajo el puente hay balsas que desafían al Suchiate. La cuenca es ancha y turbia para quien cruza buscando sueños que, lejos de habérsele perdido, le fueron arrebatados.
Subo a un taxi colectivo pero no hay más viajeros. El taxista y yo circulamos el zócalo de Ciudad Hidalgo por más de media hora, porque sin pasaje no es posible partir hacia Tapachula, salvo que pague yo los 150 pesos. Al llegar a “la perla del Soconusco” he gastado ya tres horas a puro imprevisto. En las calles de la ciudad perderé una hora más tratando de hallar el estacionamiento de las combis que van a Huixtla adonde llego, al fin, ya con todos los planes tirados a la basura y padeciendo las secuelas de un calor malogrado, aún con la perseguidora de Guatemala y su violencia aunque dicen que acá no es tan jodida la situación.
Hipótesis 1: la ruta más próxima a la meseta comiteca-tojolabal, desde San Marcos, es la que avanza próxima al Tacaná, de sur a norte, porque la mayor parte del avance ocurre en México y no hay tanta vuelta, ni camiones sobrecargados, ni túmulos. Ni siquiera he salido de Huixtla y este planteamiento hipotético deductivo es lo segundo que aviento por la ventana. Llegaré a Comitán fascinado por el paisaje de ecosistemas áridos entre montañas que encañonan el agua que corre hacia el Grijalva, pero arribaré agotado, a más de las nueve, habiendo rebotado de un bus a otro en Huixtla, Motozintla y Frontera Comalapa.
No dejo de sentirme incómodo por haber emprendido el camino con una planificación tan mala pero debo continuar. La jornada siguiente me perderé un rato en las bonitas calles comitecas, será medio día de paz, de encontrarme conmigo mismo. Hipótesis 2: En cuatro horas de recorrido comprenderé la configuración geográfica de una ciudad que siempre que vuelvo se me hace nueva. Aunque la variable del tiempo fue desechada, luego de perderme un par de veces, tenía ya los puntos de referencia necesarios para cualquier vuelta próxima. La frontera a partir de este instante es un trámite o una idea, nunca más un límite. Mientras camino, olvido a qué vine, los pormenores del trayecto, los kilómetros que faltan para completar un viaje… este viaje.
Hay un templo neogótico al término del camino, uno con vitrales que llenan de color el mundo. Hago una pausa frente al atrio y procedo a cumplir una promesa que me había hecho el año previo: efectuar un registro fotográfico del movimiento y los elementos sonoros que componen el monumento de la pequeña orquesta del maestro, Óscar Bonifaz Caballero, a quien le han dedicado la Plaza del Arte, espacio que danza en contornos con los arcos ojivales del frontispicio de San José. Minutos después vendrían más kilómetros, un diálogo capaz de revitalizar el camino, un retorno en compañía de Fernando Pessoa y una noche, previa a la vuelta de los túmulos, dedicada a redactar nuevas preguntas que habrán de resolverse pronto.
El retorno hacia el sur es fatal pues hay mucha gente que viaja en el mismo sentido. Esta vez, de mañana, los buses transitan muy lento y con sobrecarga de pasaje porque las unidades escasean. Hay protestas desde la salida de Comitán y tendré que lidiar de nuevo con los rodeos, con doce horas de trasbordos y camino. Hipótesis afirmada: cuando se vive en cualquiera de los costados de este borde, una de las hazañas más meritorias del hombre es completar un viaje, porque resulta difícil entender que algo existe más allá de la propia frontera, la que trazamos en nuestra mente; porque la frontera misma puede ser subjetiva.
____________
Guillermo A. Chocano Alfaro
narrativa fotográfica en
https://www.instagram.com/guillecoyote/
[comunicación directa por esa misma vía]

