lunes, 8 de diciembre de 2025

La arqueología es una buena excusa

 

Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar.

            De la arqueología lo que más agradezco es haberme encontrado con tantos amigos disgregados por todo nuestro subcontinente (al sur del norte y al norte del sur). Los recorridos con cada uno mis hermanos del Istmo con quienes mantengo comunicación a la fecha, me llevaron a conocer, además de un buen número de sitios históricos, elementos propios de la idiosincrasia regional, tan variopinta y llena a la vez de puntos de convergencia. Cada uno ha tomado el encanto o desencanto por la ciencia de las cosas olvidadas que le vino en gana y esta variedad de puntos de vista hace también que los recorridos sena fascinantes: las sirenas y los espantos como guías cuando el lenguaje de Ismael toma el aire de seriendad, Tláloc apareciendo hasta en las pupusas de queso con loroco si Hugo invita, las discusiones sobre el precio de la renta en medio de la arqueología de rescate, la ética combinada con el realismo mágico que se necesita para ejecutarla sin que se te retuerzan las tripas y se te amargue la boca, la traducción más acertada para el vocablo "Nicaragua" y quién habla más gritado en la región (punto aún en discusión... a gritos); las fronteras de la cerámica chibcha (que es palabra genérica en una zona de transición si nos ponemos académicos) y de cómo un estilo puede sobrepasar la barrera de los 100 años en esa región mientras que en Mesoamérica el cambio es constante y los estilos breves (casi como el nombramiento de embajadores de la república de Los Cocos) y es ahí, no en Los Cocos ni en Pepeslavia, sino en la cerámica, donde comenzó la idea de este relato, pero el contexto siempre radica en que toda ese palabrerío académico lleno de sarcasmo y groserías no tendría sentido de ser si no se compartiera con los amigos.             

            La estancia en Guanacaste y las visitas a la zona fronteriza de Nicaragua me permitieron conocer algunas características de la cerámica generalizada como "Nicoya", aludiendo a la península, golfo y provincia donde esta variedad de tepalcates, asumo, fue encontrada por primera vez (Jeffrey sabrá, él es el bueno para esos datos), y entre tales puedo enlistar que tiene una pasta de arcilla homogénea de color rojizo (como todo el suelo de Guanacaste, que es prácticamente un barrizal montado sobre lavas enfriadas a gran velocidad a finales del Cretácico) y se la encuentra en ausencia de su pintura original cuando se excava porque la acidez del suelo destruye el pigmento, conservando únicamente la forma; los elementos que aluden a la fauna, todos en relieve alto, resultan en una serie de esculturas modeladas en el barro, con variables locales en las que se puede identificar sin dificultad a la especie de animalito que uno está viendo (aunque David diga que no era tortuga). Así, jaguares, murciélagos, reptiles, roedores, todo aparece "en bulto" y hace de este tipo de piezas un deleite artístico. Su distribución, no obstante, jamás se restringió a la península, el estilo viajaba como lo hacemos nosotros: inventando los motivos nada más para tener excusa, porque el que llega y se va, algo del lugar al que llega se lleva consigo o, adoptando los versos de José Luis Villatoro, porque ya "tenemos edad para hablar mal del gobierno y largarnos a la porra".          

            Y bueno, los elementos artísticos asociados a la naturaleza animal (objetos de uso "ritual" dirán los arqueólogos para justificar el presupuesto) emprendieron el viaje y se fueron adaptando a los recursos locales, pasó mucho tiempo y se les pudo considerar como una especie de desarrollo aislado pero resulta que siempre no: nuestro puente es tan pequeñito que encontramos a esta fauna cerámica paseando por toda la extensión del territorio, por lo menos desde Chiapas hasta Panamá (que es de lo que en este punto de la vida puedo dar fe de visto o leído. Natalia podrá confirmar si también en Colombia y Jorge de lo concerniente al Altiplano Central Mexicano) y que sus formas son tan similares que sería imposible dividirlas por países salvo cuando fuera por razones descriptivas y estadísticas. La epifanía, este gran descubrimiento del agua azucarada porque no hay nada oculto a la luz del sol (temporalmente, quizá, los vestigios arqueológicos y los dinosaurios) me llegó estando en Rivas, en un museo al que pude entrar luego del segundo viaje para cruzar la frontera y de compartir un Rubio rojo con el guardia que sacó la conversación y me dejó pasar cuando vio la cajetilla, que de inmediato reconoció como guatemalteca (no recuerdo cómo fue que esa cajetilla llegó hasta Nicaragua si pasaban veintitantos días antes de que saliera a sellar el pasaporte... pero bueno, sirvió de boleto en el museo cerrado) y le hizo el tema para conversar hasta que el fantasma del comunismo llegó junto con su hora de relevo, escena a la que precedió mi visita al interior de la sala de exposiciones en donde, luego de ver un montón de cacharros históricos, pasé a pegar la nariz en unas vitrinas como de trinchante (acumuladero de trastes en cualquier casa del occidente de Guatemala de los ochentas) que mostraban cerámica prehispánica. Entre las piezas había una efigie de tortuga del mismo estilo que el cántaro de mosaico que está en el parque y que tiene una mamá jaguar y llegó entonces el gobernante tortuga (tepalcate, panza de olla) descubierto en Cuajiniquil y los pájaros que bien pudieran ser murciélagos pero lo más seguro es que quién sabe y finalmente, tan fronterizo como soy, la memoria de la animalia se hizo presente también y me condujo a Huehuetenango, a comienzos de la década de los diez, cuando acompañaba a Yvonne y Marlen en sus recorridos por Huehue y Sacapulas (por lo que yo conocía de ese último destino era que me apartaban mi lugar en el bus) y, puestas en la zona en aquel tiempo, a las vitrinas, no hacía mucho instaladas, de la sala de sitio de Zaculeu, que exponían unas piezas fascinantes del tipo Tojil Plomizo, del Posclásico temprano (que en término de años, jamás se me quedó a qué equivale entre el sapoa el bagaces y demás lapsos cerámicos de Guanacaste... confuso y poco práctico sistema de nomenclatura), entre las que se contaba un coyote con la misma estructura de "florero" de las piezas de Nicaragua, de la tradición Nicoya en términos de los arqueólogos salvadoreños, cuya similitud volví a encontrar en una vasija del petén, del Clásico tardío, expuesta en un montaje de piezas de fauna de una fundación local que custodia una colección bastante diversa. Finalmente, yendo hacia atrás tanto en los recuerdos como en el tiempo arqueológico, el viaje real-maravilloso me dejó en la entrada del Museo Nacional de Arqueología de Guatemala (en los primeros años de estudio, cuando todavía me disfrutaba a plenitud la arqueología sin que fuera solo la excusa para emprender el viaje o la tristeza por verla convertida en una práctica de mercenarios... el nítido de las inmobiliarias) y me detuve a contemplar el plato con efigie de serpiente que toma la posición del asa (agarradera), que procedía de Kaminaljuyú, probablemente del Clásico temprano, pieza de cerámica recubierta con un engobe café lustrosísimo, seguramente un ancestro de las piezas mencionadas primero y, ahora que lo pienso, de la posterior tradición de metalurgia a la que corresponde el collar de jaguares de Iximché, que tiene más o menos los mismos rasgos que la referida escultura del parque de Rivas. Pepe lo decía con mucha razón, "la cerámica te habla", te cuenta la historia de sí misma y un poco la de las manos que la fabricaron, del que la custodia como santo grial o la desdeña y compara con pedazos de tejas viejas... también la de quien la observa y encuentra micos aparejados, tortugas, culebras, jaguares que cargan a sus crías o simples garabatos y luego se sacan una crónica que es pura excusa, nada más para compartir el recuerdo con los camaradas lectores, con los amigos.

            Así es, todo viaja: como la mente cuando recuerda, como una excusa perfecta para volver al camino y encontrarse

                                        ...encontrarnos.

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