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| Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar. |
De la arqueología lo que más agradezco es haberme encontrado con
tantos amigos disgregados por todo nuestro subcontinente (al sur del
norte y al norte del sur). Los recorridos con cada uno mis hermanos
del Istmo con quienes mantengo comunicación a la fecha, me llevaron
a conocer, además de un buen número de sitios históricos,
elementos propios de la idiosincrasia regional, tan variopinta y
llena a la vez de puntos de convergencia. Cada uno ha tomado el
encanto o desencanto por la ciencia de las cosas olvidadas que le
vino en gana y esta variedad de puntos de vista hace también que los
recorridos sena fascinantes: las sirenas y los espantos como guías
cuando el lenguaje de Ismael toma el aire de seriendad, Tláloc
apareciendo hasta en las pupusas de queso con loroco si Hugo invita,
las discusiones sobre el precio de la renta en medio de la
arqueología de rescate, la ética combinada con el realismo mágico
que se necesita para ejecutarla sin que se te retuerzan las tripas y
se te amargue la boca, la traducción más acertada para el vocablo
"Nicaragua" y quién habla más gritado en la región
(punto aún en discusión... a gritos); las fronteras de la cerámica
chibcha (que es palabra genérica en una zona de transición si nos
ponemos académicos) y de cómo un estilo puede sobrepasar la barrera
de los 100 años en esa región mientras que en Mesoamérica el
cambio es constante y los estilos breves (casi como el nombramiento
de embajadores de la república de Los Cocos) y es ahí, no en Los
Cocos ni en Pepeslavia, sino en la cerámica, donde comenzó la idea
de este relato, pero el contexto siempre radica en que toda ese
palabrerío académico lleno de sarcasmo y groserías no tendría
sentido de ser si no se compartiera con los amigos.
La estancia en
Guanacaste y las visitas a la zona fronteriza de Nicaragua me
permitieron conocer algunas características de la cerámica
generalizada como "Nicoya", aludiendo a la península,
golfo y provincia donde esta variedad de tepalcates, asumo, fue
encontrada por primera vez (Jeffrey sabrá, él es el bueno para esos
datos), y entre tales puedo enlistar que tiene una pasta de arcilla
homogénea de color rojizo (como todo el suelo de Guanacaste, que es
prácticamente un barrizal montado sobre lavas enfriadas a gran
velocidad a finales del Cretácico) y se la encuentra en ausencia de
su pintura original cuando se excava porque la acidez del suelo
destruye el pigmento, conservando únicamente la forma; los elementos
que aluden a la fauna, todos en relieve alto, resultan en una serie
de esculturas modeladas en el barro, con variables locales en las que
se puede identificar sin dificultad a la especie de animalito que uno
está viendo (aunque David diga que no era tortuga). Así, jaguares,
murciélagos, reptiles, roedores, todo aparece "en bulto" y
hace de este tipo de piezas un deleite artístico. Su distribución,
no obstante, jamás se restringió a la península, el estilo viajaba
como lo hacemos nosotros: inventando los motivos nada más para tener
excusa, porque el que llega y se va, algo del lugar al que llega se
lleva consigo o, adoptando los versos de José Luis Villatoro, porque
ya "tenemos edad para hablar mal del gobierno y largarnos a la
porra".
Y bueno, los elementos artísticos asociados a la
naturaleza animal (objetos de uso "ritual" dirán los
arqueólogos para justificar el presupuesto) emprendieron el viaje y
se fueron adaptando a los recursos locales, pasó mucho tiempo y se
les pudo considerar como una especie de desarrollo aislado pero
resulta que siempre no: nuestro puente es tan pequeñito que
encontramos a esta fauna cerámica paseando por toda la extensión
del territorio, por lo menos desde Chiapas hasta Panamá (que es de
lo que en este punto de la vida puedo dar fe de visto o leído.
Natalia podrá confirmar si también en Colombia y Jorge de lo
concerniente al Altiplano Central Mexicano) y que sus formas son tan
similares que sería imposible dividirlas por países salvo cuando
fuera por razones descriptivas y estadísticas. La epifanía, este
gran descubrimiento del agua azucarada porque no hay nada oculto a la
luz del sol (temporalmente, quizá, los vestigios arqueológicos y
los dinosaurios) me llegó estando en Rivas, en un museo al que pude
entrar luego del segundo viaje para cruzar la frontera y de compartir
un Rubio rojo con el guardia que sacó la conversación y me dejó
pasar cuando vio la cajetilla, que de inmediato reconoció como
guatemalteca (no recuerdo cómo fue que esa cajetilla llegó hasta
Nicaragua si pasaban veintitantos días antes de que saliera a sellar
el pasaporte... pero bueno, sirvió de boleto en el museo cerrado) y
le hizo el tema para conversar hasta que el fantasma del comunismo
llegó junto con su hora de relevo, escena a la que precedió mi
visita al interior de la sala de exposiciones en donde, luego de ver
un montón de cacharros históricos, pasé a pegar la nariz en unas
vitrinas como de trinchante (acumuladero de trastes en cualquier casa
del occidente de Guatemala de los ochentas) que mostraban cerámica
prehispánica. Entre las piezas había una efigie de tortuga del
mismo estilo que el cántaro de mosaico que está en el parque y que
tiene una mamá jaguar y llegó entonces el gobernante tortuga
(tepalcate, panza de olla) descubierto en Cuajiniquil y los pájaros
que bien pudieran ser murciélagos pero lo más seguro es que quién
sabe y finalmente, tan fronterizo como soy, la memoria de la animalia
se hizo presente también y me condujo a Huehuetenango, a comienzos
de la década de los diez, cuando acompañaba a Yvonne y Marlen en
sus recorridos por Huehue y Sacapulas (por lo que yo conocía de ese
último destino era que me apartaban mi lugar en el bus) y, puestas
en la zona en aquel tiempo, a las vitrinas, no hacía mucho
instaladas, de la sala de sitio de Zaculeu, que exponían unas piezas
fascinantes del tipo Tojil Plomizo, del Posclásico temprano (que en
término de años, jamás se me quedó a qué equivale entre el sapoa
el bagaces y demás lapsos cerámicos de Guanacaste... confuso y poco
práctico sistema de nomenclatura), entre las que se contaba un
coyote con la misma estructura de "florero" de las piezas
de Nicaragua, de la tradición Nicoya en términos de los arqueólogos
salvadoreños, cuya similitud volví a encontrar en una vasija del
petén, del Clásico tardío, expuesta en un montaje de piezas de
fauna de una fundación local que custodia una colección bastante
diversa. Finalmente, yendo hacia atrás tanto en los recuerdos como
en el tiempo arqueológico, el viaje real-maravilloso me dejó en la
entrada del Museo Nacional de Arqueología de Guatemala (en los
primeros años de estudio, cuando todavía me disfrutaba a plenitud
la arqueología sin que fuera solo la excusa para emprender el viaje
o la tristeza por verla convertida en una práctica de mercenarios...
el nítido de las inmobiliarias) y me detuve a contemplar el plato
con efigie de serpiente que toma la posición del asa (agarradera),
que procedía de Kaminaljuyú, probablemente del Clásico temprano,
pieza de cerámica recubierta con un engobe café lustrosísimo,
seguramente un ancestro de las piezas mencionadas primero y, ahora
que lo pienso, de la posterior tradición de metalurgia a la que
corresponde el collar de jaguares de Iximché, que tiene más o menos
los mismos rasgos que la referida escultura del parque de Rivas. Pepe
lo decía con mucha razón, "la cerámica te habla", te
cuenta la historia de sí misma y un poco la de las manos que la
fabricaron, del que la custodia como santo grial o la desdeña y
compara con pedazos de tejas viejas... también la de quien la
observa y encuentra micos aparejados, tortugas, culebras, jaguares
que cargan a sus crías o simples garabatos y luego se sacan una
crónica que es pura excusa, nada más para compartir el recuerdo con
los camaradas lectores, con los amigos.
Así es, todo
viaja: como la mente cuando recuerda, como una excusa perfecta para
volver al camino y encontrarse
...encontrarnos.

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