Comenzamos relajados. Luego de los últimos ascensos al
Tajumulco se tomó la decisión de no llevar más pasaje a los volcanes, así que
le pusimos gasolina a la Runner y nos fuimos con nuestras mochilas, cámaras y
un montón de comida; sólo Coqui y yo, compañeros en la senda de montaña hace ya
bastantes kilómetros. El proyecto: visitar las lagunas del Tacaná. El resultado:
descubrir que estábamos algo mallugados por tanto encierro, al punto que tuvimos
que virar hacia la cara del volcán que mira hacia Guatemala porque la noche nos
agarró en el camino y hubiese sido una imprudencia total descender hacia el
lado mexicano. El descubrimiento personal: la cumbre del Tacaná es un
estratovolcán compuesto, cuya sima es un cono de escoria al interior de una
caldera.
La quincena creciente del mes de diciembre es tímida en cuanto
a la cantidad de turistas que ascienden al Tacaná, pues se encuentra lejos de
las rutas comunes y llegar implica un gasto adicional de recursos en el pago de
un vehículo para acceder al caserío La Haciendita, punto donde arranca la
caminata. Este factor aunado al tiempo aún no tan gélido del otoño pero, como
un hecho casi milagroso, sin ventarrones, permitió que la jornada nocturna
fuera excelente para la fotografía, para mantener encendida una fogata y
disfrutar de la única cumbre alcanzada en el 2020 y la primera sobrepasadas las
cuarenta primaveras para un servidor.
La quincena menguante, no obstante, es un desastre. Mi cerebro
gira hacia las meditaciones ecológicas de Lucas y no puedo más que observar a
los viajantes con un tanto de molestia y lo cito «En esta época de retorno
desmelenado y turístico a la Naturaleza, en que los ciudadanos miran la vida de
campo como Rousseau miraba al buen salvaje…» (Julio Cortázar. «Un
Tal Lucas».
Misma fuente para todas las citas de aquí en adelante), porque hay tanta gente
en las cumbre de los pobrecitos volcanes que la misma naturaleza lo resiente y
me causa una risa nerviosa pensar que tanto ruido, tanta basura y tantos pasos
van a despertar a los colosos (y así entro en una especie de temor, premonición
y anhelo). Y luego, pues nada, la
decisión de no enfilar hacia los volcanes hasta que pase el barullo está tomada
y los viajes los emprendo a través de las páginas de los libros para no toparme
con los turistas; camino así en la niebla de Londres, en los bosques de la Zona
Reina, en carreteras que van de Ucrania a Valencia, entre vías y trenes que
salen de Oaxaca para el, otrora, Distrito Federal y hago lo mismo que hago en
los volcanes pero en la incomodidad de mi casa, que aun estando rodeada de
pavimento es la escena de Max Jacob «ese lugar donde los pollos se pasean
crudos»: dilucido la cuestión del futuro inmediato, de la necesidad
-de siempre- de saberme nómada, de comprender, al fin, que esta lucha que se
vive hoy en Guatemala contra la desidia popular tampoco es mía, como no lo era
la causa de los Zapatistas cuando llegué a Oventic, víspera de nochebuena a
comienzos de siglo, de la mano de Flor, como no lo fue intentar el rescate de
los edificios antiguos, de la pequeña ciudad que aún me resguarda, luego del terremoto
de San Ernesto.
De los caminos, especialmente de aquellos que recorro con mis
hermanos espirituales o de aquellos que me ven a solas, retorno siempre con
muchas respuestas porque la andanza lleva implícito un folio con reflexiones volcánicas,
muy al estilo de Lucas: «No se fíe, che, de la contemplación
absorta de un tulipán cuando el contemplador es un intelectual. Lo que hay allí
es tulipán + distracción, o tulipán + meditación (casi nunca sobre el tulipán)…» (Op.
Cit.). Al término de este recorrido, al descenso del Tacaná y luego de cada
última página de mis últimas lecturas, se perfectamente hacia dónde ir.
_______________
Guillermo A. Chocano Alfaro
Narrativa fotográfica en Instagram.com/guillecoyote

