lunes, 28 de diciembre de 2020

Reflexiones volcánicas (y no tanto)


 

Comenzamos relajados. Luego de los últimos ascensos al Tajumulco se tomó la decisión de no llevar más pasaje a los volcanes, así que le pusimos gasolina a la Runner y nos fuimos con nuestras mochilas, cámaras y un montón de comida; sólo Coqui y yo, compañeros en la senda de montaña hace ya bastantes kilómetros. El proyecto: visitar las lagunas del Tacaná. El resultado: descubrir que estábamos algo mallugados por tanto encierro, al punto que tuvimos que virar hacia la cara del volcán que mira hacia Guatemala porque la noche nos agarró en el camino y hubiese sido una imprudencia total descender hacia el lado mexicano. El descubrimiento personal: la cumbre del Tacaná es un estratovolcán compuesto, cuya sima es un cono de escoria al interior de una caldera.

La quincena creciente del mes de diciembre es tímida en cuanto a la cantidad de turistas que ascienden al Tacaná, pues se encuentra lejos de las rutas comunes y llegar implica un gasto adicional de recursos en el pago de un vehículo para acceder al caserío La Haciendita, punto donde arranca la caminata. Este factor aunado al tiempo aún no tan gélido del otoño pero, como un hecho casi milagroso, sin ventarrones, permitió que la jornada nocturna fuera excelente para la fotografía, para mantener encendida una fogata y disfrutar de la única cumbre alcanzada en el 2020 y la primera sobrepasadas las cuarenta primaveras para un servidor.

La quincena menguante, no obstante, es un desastre. Mi cerebro gira hacia las meditaciones ecológicas de Lucas y no puedo más que observar a los viajantes con un tanto de molestia y lo cito «En esta época de retorno desmelenado y turístico a la Naturaleza, en que los ciudadanos miran la vida de campo como Rousseau miraba al buen salvaje…» (Julio Cortázar. «Un Tal Lucas». Misma fuente para todas las citas de aquí en adelante), porque hay tanta gente en las cumbre de los pobrecitos volcanes que la misma naturaleza lo resiente y me causa una risa nerviosa pensar que tanto ruido, tanta basura y tantos pasos van a despertar a los colosos (y así entro en una especie de temor, premonición y anhelo). Y  luego, pues nada, la decisión de no enfilar hacia los volcanes hasta que pase el barullo está tomada y los viajes los emprendo a través de las páginas de los libros para no toparme con los turistas; camino así en la niebla de Londres, en los bosques de la Zona Reina, en carreteras que van de Ucrania a Valencia, entre vías y trenes que salen de Oaxaca para el, otrora, Distrito Federal y hago lo mismo que hago en los volcanes pero en la incomodidad de mi casa, que aun estando rodeada de pavimento es la escena de Max Jacob «ese lugar donde los pollos se pasean crudos»: dilucido la cuestión del futuro inmediato, de la necesidad -de siempre- de saberme nómada, de comprender, al fin, que esta lucha que se vive hoy en Guatemala contra la desidia popular tampoco es mía, como no lo era la causa de los Zapatistas cuando llegué a Oventic, víspera de nochebuena a comienzos de siglo, de la mano de Flor, como no lo fue intentar el rescate de los edificios antiguos, de la pequeña ciudad que aún me resguarda, luego del terremoto de San Ernesto.

De los caminos, especialmente de aquellos que recorro con mis hermanos espirituales o de aquellos que me ven a solas, retorno siempre con muchas respuestas porque la andanza lleva implícito un folio con reflexiones volcánicas, muy al estilo de Lucas: «No se fíe, che, de la contemplación absorta de un tulipán cuando el contemplador es un intelectual. Lo que hay allí es tulipán + distracción, o tulipán + meditación (casi nunca sobre el tulipán)…» (Op. Cit.). Al término de este recorrido, al descenso del Tacaná y luego de cada última página de mis últimas lecturas, se perfectamente hacia dónde ir.

 

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Guillermo A. Chocano Alfaro

Narrativa fotográfica en Instagram.com/guillecoyote 

jueves, 17 de diciembre de 2020

Elena, los trenes... la vida

Al respecto de «El tren pasa primero» de Elena Poniatowska

 La historia corre como una locomotora, una que va, se detiene en estaciones pequeñas, llega a las grandes ciudades, a los puertos, toca el mar y se regresa por donde vino. Pero ya no puede ser ni las secuelas del viento cortado por la máquina, ni los pasajeros, ni el tiempo mismo porque a la vuelta del reloj de la estación, el tiempo será otro.

Vías del tren en Huixtla, Chiapas

Elena Poniatowska deja en manos de Trinidad Pineda Chiñas y sus colegas una lucha de clases que ocurre a la mitad del siglo XX, motivada por la codicia de políticos, de la "ventaja" que toman las naciones industrializadas en detrimento de quienes tienen hambre. En el medio de la batalla, la humanidad atropellada por el tren, por la desidia que implica no mover la cabeza de las vías y seguir yerto, esperanzado a la buena de que el tren no pase, termine descarrilado o que, sin más, llegue la muerte (puede que hable aún del texto, puede que de la vida misma). En el medio de la lucha, los principios y el cambio que solo procede cuando hay valor, aunque en ocasiones llegue a parecer que perdemos el rumbo o que todo el esfuerzo únicamente es para defender la esencia de lo que somos. El tren, una cuestión de principios. El tren, una cuestión de cambio.

“Fuera de la siembra y la cosecha ¿qué otra cosa hay en Nizanda sino la estación del Ferrocarril? A Tito lo maravilla esta maquinota extraterrestre que aparece en un pueblo donde nunca sucede nada. En la estación está lo desconocido, la vida por continuar”

Entre cada una de las revelaciones de «el tren pasa primero» hay algo de la historia de América Latina, bien contado, con referentes, nombres y apellidos. Siguiendo las vías del ferrocarril me encuentro con Juárez ratificando que debo aferrarme a la verdad y lo correcto; tengo el honor de conocer a Jesús García Corona y salto de la locomotora justo antes de que el noble maquinista salve a Nacozari. Sigo la historia de Trinidad, de Bárbara, de Saturnino y Roldán, encuentro un buen ejemplo y vuelvo a creer. Estoy en la estación y subo al tren. 

 “Tito se enseñó a devorar diccionarios como si fueran novelas. Nunca sospechó Trinidad que de tanto verlo con un libro bajo el brazo, su sobrina también leería con hambre de descubrir lo que a él le atraía”

Bárbara se encarama a los vagones de pasajeros, a los Pullman, entre los furgones de carga y las locomotoras. Lleva el pasado a cuestas, lleva la carga adicional de su condición de mujer que no le impedirá hacer frente al ciclo de las ruedas, al cambio del carbón por diésel. Un paso delante de ella, Trinidad; un paso detrás y tratando de mantener el ritmo, la humanidad-tren, la humanidad-lector, la humanidad-telegrama.

Pieza de museo en la antigua Estación Central de Guatemala

Y la narración es, además, una suerte de trabajo de arqueología industrial. De la mano de Elena y con los sentidos de Pineda Chiñas viajo por cada una de las estaciones de los ferrocarriles mexicanos. También hago el paseo por las estaciones de una memoria construida por fotos de cuando viajé por última vez en una de esas “maquinotas” desde Amatitlán a Palín a mediados de los ochentas, poco antes que descontinuaran el servicio de pasajeros en Guatemala y de la caminata breve por las vías de Huixtla, un par de años atrás, recorrido al que corresponde la foto que abre esta reseña.

Llegan los vagones que son páginas, llegan a tiempo a la estación. Siempre. Una historia narrada en el mismo ritmo, en el vaivén de los trenes.  


Guillermo A. Chocano Alfaro
www.instagram.com/guillecoyote/


La arqueología es una buena excusa

  Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar.              De la arqueología lo que más agradezco es haberme encontrado con tantos amigos disgregados por...