Al respecto de «El tren pasa primero» de Elena Poniatowska
La historia corre como una locomotora, una que va, se detiene en estaciones pequeñas, llega a las grandes ciudades, a los puertos, toca el mar y se regresa por donde vino. Pero ya no puede ser ni las secuelas del viento cortado por la máquina, ni los pasajeros, ni el tiempo mismo porque a la vuelta del reloj de la estación, el tiempo será otro.
“Fuera de la siembra y la cosecha ¿qué otra cosa hay en Nizanda sino la estación del Ferrocarril? A Tito lo maravilla esta maquinota extraterrestre que aparece en un pueblo donde nunca sucede nada. En la estación está lo desconocido, la vida por continuar”
Entre cada una de las revelaciones de «el tren pasa primero» hay algo de la historia de América Latina, bien contado, con referentes, nombres y apellidos. Siguiendo las vías del ferrocarril me encuentro con Juárez ratificando que debo aferrarme a la verdad y lo correcto; tengo el honor de conocer a Jesús García Corona y salto de la locomotora justo antes de que el noble maquinista salve a Nacozari. Sigo la historia de Trinidad, de Bárbara, de Saturnino y Roldán, encuentro un buen ejemplo y vuelvo a creer. Estoy en la estación y subo al tren.
“Tito se enseñó a devorar diccionarios como si fueran novelas. Nunca sospechó Trinidad que de tanto verlo con un libro bajo el brazo, su sobrina también leería con hambre de descubrir lo que a él le atraía”
Bárbara se encarama a los vagones
de pasajeros, a los Pullman, entre los furgones de carga y las locomotoras.
Lleva el pasado a cuestas, lleva la carga adicional de su condición de mujer
que no le impedirá hacer frente al ciclo de las ruedas, al cambio del carbón
por diésel. Un paso delante de ella, Trinidad; un paso detrás y tratando de
mantener el ritmo, la humanidad-tren, la humanidad-lector, la
humanidad-telegrama.
Llegan los vagones que son páginas, llegan a tiempo a la estación. Siempre. Una historia narrada en el mismo ritmo, en el vaivén de los trenes.
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