jueves, 17 de diciembre de 2020

Elena, los trenes... la vida

Al respecto de «El tren pasa primero» de Elena Poniatowska

 La historia corre como una locomotora, una que va, se detiene en estaciones pequeñas, llega a las grandes ciudades, a los puertos, toca el mar y se regresa por donde vino. Pero ya no puede ser ni las secuelas del viento cortado por la máquina, ni los pasajeros, ni el tiempo mismo porque a la vuelta del reloj de la estación, el tiempo será otro.

Vías del tren en Huixtla, Chiapas

Elena Poniatowska deja en manos de Trinidad Pineda Chiñas y sus colegas una lucha de clases que ocurre a la mitad del siglo XX, motivada por la codicia de políticos, de la "ventaja" que toman las naciones industrializadas en detrimento de quienes tienen hambre. En el medio de la batalla, la humanidad atropellada por el tren, por la desidia que implica no mover la cabeza de las vías y seguir yerto, esperanzado a la buena de que el tren no pase, termine descarrilado o que, sin más, llegue la muerte (puede que hable aún del texto, puede que de la vida misma). En el medio de la lucha, los principios y el cambio que solo procede cuando hay valor, aunque en ocasiones llegue a parecer que perdemos el rumbo o que todo el esfuerzo únicamente es para defender la esencia de lo que somos. El tren, una cuestión de principios. El tren, una cuestión de cambio.

“Fuera de la siembra y la cosecha ¿qué otra cosa hay en Nizanda sino la estación del Ferrocarril? A Tito lo maravilla esta maquinota extraterrestre que aparece en un pueblo donde nunca sucede nada. En la estación está lo desconocido, la vida por continuar”

Entre cada una de las revelaciones de «el tren pasa primero» hay algo de la historia de América Latina, bien contado, con referentes, nombres y apellidos. Siguiendo las vías del ferrocarril me encuentro con Juárez ratificando que debo aferrarme a la verdad y lo correcto; tengo el honor de conocer a Jesús García Corona y salto de la locomotora justo antes de que el noble maquinista salve a Nacozari. Sigo la historia de Trinidad, de Bárbara, de Saturnino y Roldán, encuentro un buen ejemplo y vuelvo a creer. Estoy en la estación y subo al tren. 

 “Tito se enseñó a devorar diccionarios como si fueran novelas. Nunca sospechó Trinidad que de tanto verlo con un libro bajo el brazo, su sobrina también leería con hambre de descubrir lo que a él le atraía”

Bárbara se encarama a los vagones de pasajeros, a los Pullman, entre los furgones de carga y las locomotoras. Lleva el pasado a cuestas, lleva la carga adicional de su condición de mujer que no le impedirá hacer frente al ciclo de las ruedas, al cambio del carbón por diésel. Un paso delante de ella, Trinidad; un paso detrás y tratando de mantener el ritmo, la humanidad-tren, la humanidad-lector, la humanidad-telegrama.

Pieza de museo en la antigua Estación Central de Guatemala

Y la narración es, además, una suerte de trabajo de arqueología industrial. De la mano de Elena y con los sentidos de Pineda Chiñas viajo por cada una de las estaciones de los ferrocarriles mexicanos. También hago el paseo por las estaciones de una memoria construida por fotos de cuando viajé por última vez en una de esas “maquinotas” desde Amatitlán a Palín a mediados de los ochentas, poco antes que descontinuaran el servicio de pasajeros en Guatemala y de la caminata breve por las vías de Huixtla, un par de años atrás, recorrido al que corresponde la foto que abre esta reseña.

Llegan los vagones que son páginas, llegan a tiempo a la estación. Siempre. Una historia narrada en el mismo ritmo, en el vaivén de los trenes.  


Guillermo A. Chocano Alfaro
www.instagram.com/guillecoyote/


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