lunes, 3 de febrero de 2025

Esto es un retorno

«...Bajo el burlón mirar de las estrellas

que con indiferencia hoy me ven volver.

Volver,

con la frente marchita»

Estrella Morente



Recoges la maleta, te abres paso entre la multitud —todo ha ido bien en la aduana— y en calidad de Salmón sobrepasas la puerta, pero hay un sentimiento medio jodido, una pregunta: ¿Dejaste algo atrás? Revisas las bolsas: está el pasaporte, el teléfono, los audífonos, la billetera (con el dinero ya repartido en las bolsas del pantalón porque sabés que regresaste a una de las ciudades más delictivas y sádicas de América Latina y dejás el "tú" que te es tan cómodo para regresar al "vos" porque ya venís a la defensiva), el miedo, el intento fallido, el suéter; viene todo, menos las añoranzas, unos libros y la bicicleta. Ya no recuerdo si en este viaje esperé a que alguien viniera por mí o si fui primero a donde mi madre porque mi subconsciente intenta olvidar que esto es un retorno (en tono de "esto es un asalto"), voy pensando en el mar, en que es casi seguro que no volveré a Guanacaste o, al menos, no en las mismas circunstancias, que no extraño ni entiendo San José (como no lo extrañe ni lo entendí en el trayecto que ocurrió para ese mismo rumbo dos décadas antes) y en la necesidad de no poner los pies sobre la tierra... sobre esta tierra.


Puente peatonal que une el centro de Alajuela de Río Segundo.  Abajo pasa el tren urbano.
Puente peatonal que une el centro de Alajuela con
Río Segundo. Abajo, además de los buses, pasa el tren.

La anécdota de Costa Rica tiene un poco de todo: desde que llegué e inclusive desde antes, todo mundo se dedicó a remarcar el costo de la vida en aquel país: los alquileres, la comida, el transporte, los excesos, todo. Era como el discurso de lo peligroso que resulta llegar a Guatemala y de la misma forma, a fuerza de verdades a medias, de anécdotas personales y de andar un poco, como en el último tiempo, con las manos en los bolsillos vacíos, se termina uno tragando el cuento… pero estuve suficiente tiempo allá como para tener mi propia anécdota y mi propio juicio. Así que no, es un país tan caro como cualquier otro y más accesible que el mío, porque en el momento en que uno coloca en la balanza que se cuenta con un transporte público súmamente eficiente, con un seguro social bastante accesible y con educación gratuita, queda equilibrado el costo del alquiler de vivienda (que sí es elevado, especialmente en ‘Chepe’) y lo caro que puede resultarle a un extranjero, que no gusta del arroz y el pollo, vivir en un lugar donde no existe el pan francés ni las taquerías, pero en el que igual y se puede encontrar el modo. Una vez terminada la agonía de la capital y habiendo arrancado el proyecto de trabajo en Guanacaste, esa búsqueda quedó en la lista de pendientes y dependería todo del arreglo de papeles que terminó perdido en el limbo de la burocracia migratoria, del fascismo con se define al trabajador que se ha desplazado desde otros rincones de Centroamérica y de la desesperanza. Opté por desistir, por querer largarme a Nicaragua... o volver “con la frente marchita”. Pero las discusiones de precios y de cambio de moneda no lo fueron todo, aunque siempre estuvieron presentes. Hube de encontrarme de nuevo con la arqueología y, por primera vez, con esa suerte de mercenarismo resultante de los proyectos de rescate y mi incomodidad ante el hecho de saber que el patrimonio siempre lleva las de perder. También me llevó a la playa, terminando así una relación de apatía que tuve por años con el mar, porque allá es otra cosa, es sublime y capaz de aliviar el alma… Finalmente, me encontré con una Costa Rica que es, ante todo, una nación bonita, en donde las virtudes sobrepasan con creces a las carencias, en la que puede uno estar sin el asedio permanente de la violencia, leer en el bus y andar, siempre andar.

Al salir de Guatemala, hace poco menos de un año, llevé libros y la esperanza de encontrarme en un escenario menos inadecuado para los oficios que puedo desempeñar, uno que me evitara el retorno. El tiempo allá no quiso indicar la ruta pero fue un enorme respiro: hay siempre un mundo por descubrir, una vida que no se termina. Ese mismo tiempo que mantuvo cerrada algunas veredas, develó el paisaje, una librería de usados, una tienda para revelar mis fotos, el fresquito de cas, bastantes amistades que ahora forman lazos de hermanos, el maravilloso hecho de los aeropuertos y la añoranza (por ratos) de Liberia, de Alajuela, de Santa Cruz y su mar fantástico, de volver cuando se pueda para abrazar el presente y, como una reivindicación, la oportunidad de recuperar a mis perros, de pasar otro tiempo cerca de mi madre, mi familia y mis amigos.

Litoral volcánico, playa Mariposa, cerca de San
Juanillo, Santa Cruz, Guanacaste.


Tras la vitrina hay unos aviones inmensos y unas figuritas de acción que se mueven en stop motion. ‘Legos’, eso me parecen todos los personajes que están ahí, abajo, en la pista donde estacionan las aeronaves. Un puente tipo acordeón nos engulle para salir y la terminal de AILA, como siempre está en reparación para no perder la categoría, nos convidan a caminar por una serie improvisada de brazos mecánicos que amarran estas extensiones de pasillo que normalmente servirían únicamente para llevar a los pasajeros del interior de la nave al pasillo de salida... Acá no, acá el retorno es siempre así: curioso y metafórico: unos brazos (acordeonados) que te arropan para que busques un camino de vuelta, una suerte de puente entre el haberse ido y volver, un laberinto de ratón (sin baños ni aire acondicionado) del que no debieras salir. Pero sales y vuelves.  




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