jueves, 1 de noviembre de 2018

Día de muertos



Concurso de barriletes (Edición 44) en la Ciudad de San Marcos, Guatemala.


En casa de mi madre el fiambre era el único sentido de la festividad que conmemora a los difuntos. No me gustaba todo lo que llevaba aquel mestizo platillo cuando niño y  ahora que estoy lejos de casa, lo degusto con una pisca de nostalgia y para no perder la costumbre. La fecha dual (1 y 2 de noviembre) la considero ahora como la única que me importa en el calendario de asuetos nacionales, porque ninguna otra guarda la magia o la conexión entre los dos planos de la vida (la de acá donde escribo y la otra, donde aguardamos para volver).

En cuanto a la historia, el día de muertos se deriva de una tradición romana (no cristiana) que luego es adaptada por la iglesia católica medieval y que llega al Nuevo Mundo ya instaurada en el calendario litúrgico. En México y Guatemala, con el pasar de los siglos, termina la costumbre enredada con algunos elementos prehispánicos mesoamericanos, donde los pueblos originarios consideraban ciertas relaciones entre vivos y muertos a partir de conceptualizar todo como un ciclo que se asemeja al experimentado por el movimiento de rotación de la tierra – lo que vemos corresponde al día y lo que no vemos <<lo espiritual>> a la noche, donde permanecen los que ya se fueron. 

El tiempo le ha otorgado nuevos elementos: el vuelo de los barriletes (en la cultura mesoamericana refieren a la mariposa que lleva el mensaje a través del aire hacia nuestros seres ausentes). Esta elevación de las obras de arte de papel es una actividad que se realiza en estos días aprovechando la presencia de los vientos del norte que se manifiestan con intensidad en el tiempo del otoño boreal; también el agregamos el dulce de ayote (la chilacayota en México), mezcla de un vegetal mesoamericano con la panela mudéjar. Así existen incontables variable dependiendo de la región de esta gran área cultural donde la festividad tiene gran importancia.

Detalle del mausoleo de Manuel Morales Tovar, héroe de la revolución y alcalde de San Marcos en los primerros años del siglo XX

En lo personal, yo me entretengo el primero de noviembre de cada año tomando fotos en los concursos de barrileteros, algunos años atrás yendo a Santiago Sacatepéquez y ahora en el campo de La Colonia en la pequeña ciudad de San Marcos. También paso a saludar, entre los muertos, a mi tío Ariel y mi tío José, a mis bisabuelos, al héroe de la revolución Manuel Morales Tovar y, entre los vivos, a cada uno de los vecinos que andan por el cementerio llevando ofrendas florales.
Este año, por vez primera, también dedicaré unos minutos a mi difunto perrito Viajero y a mi amiga Mónica, quienes se me adelantaron y dejaron un vacío terrible en mi espíritu y espacio cotidiano. Quizá mañana, en  ese vórtice que se abre entre ambos universos, los encuentre unos minutos y pueda decirles que los quiero, que me hacen mucha falta y que habremos de encontrarnos al término del atardecer de esta vida que aún requiere de mi presencia en el plano diurno.

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