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| Despulpadoras industriales, Beneficio Chukmuk, Santiago Atitlán, Sololá. |
A Boris.
Vivo.
En los sitios arqueológicos de Sacapulas, no pocas veces
tuve el honor de presenciar las muestras auténticas de las manifestaciones
culturales mayas, las que han trascendido el tiempo sin que los antropólogos,
los turistas y los charlatanes las distorsionen. Ceremonias al Ajaw en
Chu’Taxtyoox, las candelas que llevó don Chus y que, en su papel de ofrenda, nos
salvaron la vida en Chuwch Ajaw B’al cuando buscábamos asentamientos
prehispánicos de alta montaña y las leyendas tan particulares y mágicas que me
contaron en Xe’ K’uux me dejaron en claro qué es la identidad y a qué es a lo
que uno se autoadscribe cuando pretende pertenecer a equis o ye
comunidad-territorio-nación.
Aun siendo aquellas personas y lugares parte de la República
de Guatemala y aun queriendo sentirme yo parte de aquello, resultó que no me
correspondía más que el papel de narrador, de recopilador de historias,
situación que, a decir de Fernando Delgadillo, “me llenó de tristeza y honda
melancolía” y me obligó a ponerme en franca búsqueda de los orígenes, de mi
identidad.
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| Rodera (Muela fija de un empiedro), Ingenio Harinero "Flor", Los Cerezos, Tejutla, San Marcos. |
Y resulta que la identidad es una cosa que da vueltas y está
llena de símbolos, que no siempre ni en todo lugar somos lo mismo, pero que hay
cosas que llevamos siempre con nosotros y define quiénes somos. Y si nos hace
pertenecer o ser “idénticos” en alguna medida a otros seres humanos ¡ahí está!,
el concepto de identidad, al fin, se
entiende y se aplica.
Luego de aquellos eventos y razonamientos (los párrafos
introductorios abundan en explicaciones necesarias), comencé a buscar elementos
que pudieran definirme en los restos materiales del Patrimonio Industrial (para
algo debía servirme la arqueología) porque correspondían a época reciente y eso
me permitía enlazar la historia con nombres y apellidos y ligarme hacia algún lado.
En el camino de la investigación fui involucrándome con la
cuestión del café y todas sus implicaciones sociopolíticas en el occidente de
Guatemala, de donde son la mayoría de mis ancestros: descubrí por casualidad
que mi bisabuelo se dedicaba a criar caballos en las fincas de Retalhuleu y San
Marcos, territorios todos de la familia de Miguel Ángel Asturias; que este
pariente lejano en el tiempo era además cafetalero y primo del “Cantor de
América” (busque “escritores del Perú” si el dato le ha llamado la atención) y
que en todas las demás ramas aparecían comerciantes, migrantes internos,
maestros y agricultores de Huehuetenango, México, y San Marcos, que además un
tatarabuelo fue general de la Revolución (de la de Barrios) y que tenía fincas
en San Pablo San Marcos, apareciendo el café de nuevo en escena… así resultó
que la historia me había puesto en el lugar correcto.
Ya en el altiplano guatemalteco fui llevado a las ruinas de
los antiguos molinos de trigo, regalándome un nuevo cable a tierra, una luz en
aquellos elementos que nos identifican como parte de “algo”: ¡soy, en esencia,
del pueblo de café con pan dulce!, me veo como parte de la historia integrado a
ella entre despulpadoras, piedras volanderas, acequias, zarandas, ruedas de
agua y turbinas, una historia que cuenta de la persistencia y la voluntad de
los hombres (como toda gran historia), una de máquinas, de selvas, de ríos
dominados para la incipiente industria agraria del país.
Y cuando la frontera se abre y deja que salga llevo, además,
mis libros (los de Asturias como estandarte), la universidad, el cine, mi
idioma (el que nos legó Cervantes con todo y gigantes que eran molinos) y todo
aquello que me amarra a la cultura global, integrado a una generación, a mi
identidad de rockero de los noventas, de salesiano (aunque ya no profeso ningún
afecto por las prácticas judeo-cristianas), de capitalino alegón y arma burucas,
amante de los frijoles volteados… y me declaro Guatemalteco, porque a algún lugar
hay que pertenecer.


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