domingo, 14 de febrero de 2021

La respuesta más sencilla para la nuca del toro

 ...Gradas talladas en el tascal. ¡Muchas gradas! Todas las elucubraciones, las conjeturas de la Nuca del Toro van tomando sentido con la observación, el cansancio, la emoción del camino nuevo....


“una vieja máxima mía dice que, cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad” [Sherlock Holmes] «La Corona de Berilios» Sir Arthur Conan Doyle


Iniciar un viaje – geográfico, espiritual, astral o en las páginas de un libro – tiene que ser una suerte de descubrimiento aun cuando el punto de partida sea el mismo. La emoción, el toque de ciencia que resiste el primer paso, hallar lo que no se ha perdido y superar la curiosidad resultan en combustible para dar el segundo paso, el tercero, los que se requieran para perder la cuenta y volverse de conjunto un camino, que será nuevo siempre aunque arranque por la misma vereda, porque ahí radica la ciencia de andar.

Desde el punto de origen que atañe a este viaje he partido mil veces: Tejutla. En la villa mestiza que fuera capital de los altos del Soconusco durante la época hispánica y que ahora es convergencia de habitantes y productos del norte de San Marcos me detengo a buscar provisiones (papalinas, galletas y una coca de 8 onzas), espero a que el Coqui salga de su casa y, siendo ya equipo de senderistas, damos ese primer paso con la intención de llegar a “la nuca del toro” un cerro con un nombre de esos que te sacan de balance. Indicado el objetivo, el viaje se torna en curiosidad por aquella geonimia que deja abierta la posibilidad a toda clase de teorías etimológicas. Será el paraje el tema de conversación de todo el camino, será el porqué recurrente de cada estación. El camino, desde el momento en que abandonemos la tienda de abarrotes, será nuevo.    

Dedicar tiempo al sendederismo ha implicado, para mí, el interés por descubrir un nuevo misterio en cada viaje, misterio que puede ser tan pequeño como el nombre científico de una flor silvestre o tan grande como las huellas de los ríos de lava del Tajumulco, esta disciplina deportiva no federada en América Central es mi herramienta, una excusa para salir de casa y la solución más viable para las dificultades que enfrenta el desarrollo del turismo en el altiplano de Guatemala. De tal cuenta y volviendo a la caminata hacia la Nuca del Toro, el viaje comenzó por una vereda de media montaña entre un robledal y el acantilado de la aldea Agua Tibia. En Tejutla, al tipo de suelo metamórfico predominante le llaman “tascal” que es una especie de arenisca naranja compacta, de extrema dureza, cuyo perfil estratigráfico se ve interrumpido por una capa de tierra blanca que corresponde al año de 1901, a la gran explosión del volcán Santa María. En pasajes del descenso, las botas quedaban blancas debido a un corte reciente hecho, a punta de piocha, para ampliar la vereda en el tascal que lleva hasta el río Xolabaj.

Una calliandra houstoniana cercana al puente
que sortea el río Xolabaj

El valle conserva la magia de esos lugares donde la vida fluye porque hay agua suficiente. Caminamos un poco entre los terrenos barbechados, entre carneros y vacas que pastan. Al pie del puente que nos permite sortear el río se hallan unas flores blancas de pistilos rojos, en extremo largos, que ocuparán una tarde posterior en el ejercicio taxonómico. Luego de una primera etapa de caminata relajada ha llegado el momento de ponerse serio. Estamos en la base de la nuca del toro y la noche amenaza con alcanzarnos. Me preocupo en ese momento porque no conozco el camino (aunque Coqui lo ha recorrido previamente en bicicleta) y además porque debo retornar a Tejutla antes de las siete para tomar el autobús que me devuelva a casa. Comenzamos el ascenso.

 


Gradas talladas en el tascal. ¡Muchas gradas! Todas las elucubraciones, las conjeturas de la Nuca del Toro van tomando sentido con la observación, el cansancio, la emoción del camino nuevo. Ambos lados de aquella escalinata de arenisca los bordea el vacío. Hemos inventado una historia mágica en el camino, una que cuenta el infeliz destino de un torito que, en su viaje de vuelta a casa termina desplomándose por aquel acantilado, rompiéndose la cervical y terminando así el andar por este mundo… el último toro de su estirpe… y, entre conjeturas, retomo los diálogos de Holmes con Watson cuando, de manera recurrente y algo de mal humor, el detective repite «¡Necesito datos!». A mitad del graderío tomamos un descanso en una loma que asemeja la curva que hace la joroba de un toro y damos por sentada que en aquella forma está la respuesta que buscábamos.

El sendero sube más y luego desciende hacia una pregunta nueva, pues hemos alcanzado el “puente de las campanas”. No hay más tiempo, el bus partirá pronto y será en otro camino que esta reciente interrogante quede resuelta. De regreso en el casco urbano debo correr para darle alcance al bus de las siete. Ya ubicado en mi asiento, retomo la lectura de la corona de berilios -en formato digital- y estoy en casa una hora después.

Con una hipótesis tan sólida, es cosa de hacer más sendero (y algunas preguntas) para resolver el misterio de la Nuca del Toro. ¡Qué de senderos y nombres con las andanzas por Tejutla!

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Guillermo A. Chocano Alfaro

Narrativa fotográfica en Instagram.com/guillecoyote 

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