martes, 2 de octubre de 2018

Nostalgia sacapulteca

Vega del Chixoy, aldea Trapichitos, Sacapulas


Todos los lugares adonde llegás te cambian la vida. Algunos de tajo, aquellos en los cuales fue suficiente un par de horas para que tu destino quedara marcado. Otros, en cambio, se toman el tiempo y modelan tu espíritu igual como lo hacen los ríos con las paredes de los cañones que los contienen, dejando huellas perennes. 

Sacapulas “el puerto cálido del altiplano” fue mi río, el que trazó las líneas profundas en el acantilado de mis años de universidad, lugar al que llegué, quizá, un centenar de veces y lo recorrí caminando entre montículos prehispánicos, bajo un sol incandescente, con los pies desnudos tocando el pedregoso lecho del Alto Chixoy; andando, desandando y marcando caminos.

Desde la primera vez me pareció un lugar insólito, no terminaba de comprender eso de no llevar suéter al altiplano, pero ese calor de fragua era tan real como el color negro de la sal y el verde profundo de las aguas del río. 

Estructura posclásica, Tierras Altas de Guatemala
La mayor parte de aquel tiempo transcurrió caminando: de Trapichitos a Chu'Taxtyoox (río de por medio), luego entre las ruinas de aquella fascinante ciudadela prehispánica; de aquella montaña arqueológica hasta Río Blanco (aldea y afluente con el mismo nombre), Chu'Koot y X'alchuun separados por un puente de hamaca y  desde aquellos parajes, de retorno al casco urbano de Sacapulas. Ninguna etapa de mi vida ha dejado tanto aprendizaje... ni tanto asombro. 

Y como en todos lados se aprenden "mañas", en "la cuna del arcoíris" me acostumbré a condimentar con sal negra mi comida, a vaciarle dos bolsas de palitos Diana a mi atol blanco, a "levantar" los frijoles en bola sin emplear más cubiertos que las tortillas y a buscar mis dulces de colores, atendiendo a las nostalgias de Sacapulas, en los puestos de todas las ferias.


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