miércoles, 3 de octubre de 2018

¿Cómo nos volvemos lo que somos?


A los primeros viajes largos de mi vida fui llevado, junto a mis hermanos, a recorrer diversos lugares del país. Mi mamá empleaba en aquel entonces un carrito café para llevarnos a sitios no tan distantes de la ciudad, auto que luego cambió por un Mitsubishi Celeste de color verde (confuso, pero así era) << el equivalente de un Plymouth Arrow en la Unión Americana>>.
Una playa lejos de la dársena del Puerto Quetzal marcó mi gusto por los espacios privados, pues tal pertenecía a la Base Naval y era de acceso limitado a los oficiales y sus parientes... De esa cuenta que las playas me gusten vacías y con oleaje leve. 
Cuando íbamos lejos de casa (más allá de Antigua o Escuintla) y por varios días era la ausencia, los buses Pulman, esos que siempre se descomponían en la ruta porque estaban diseñados para las planicies gringas y no para las veredas caprinas de Guatemala, eran la opción elegida. Como antes no los asaltaban, nos permitían inclusive viajar solos a mis hermanos y a mí, sin adultos, hacia la casa de un tío que vivía en San Marcos, adonde algunas veces acompañé también a mi abuelo, quien me heredó el gusto de viajar en los asientos de adelante en los autobuses de parrilla. Aquellas vacaciones me las pasaba caminando en calles empedradas y poblados de temperamento frío pero de gente cálida. Pequeñas ciudades con caserones antiguos que, pasadas más de dos décadas, siguen siendo uno de mis escondites predilectos.
El otro escondite me lo dan las montañas. Caminatas exigentes en los barrancos de Mixco me formaron como senderista y explorador; el amor por los bosques y las alturas llegó a consolidarse gracias a Laurence y Raúl con quienes hice, a los 14 años, mi primera incursión al volcán de Agua al que fui tres veces más previo a los ascensos del Ipala, del Tajumulco y el Tacaná, además de otros siete volcanes y varios cerros en todo el país. Activo en dicha disciplina, lo que toca es salir del territorio nacional y recorrer otras cumbres del Nuevo Continente.
Así podría contar un sinfín de historias... el café, mi criterio alimenticio predominante de pasta, embutidos y pescado, la ropa en bolsas plásticas, el paisaje durante el desayuno a solas, el impermeable, el suéter y la gorra siempre a mano... ¿Cómo nos volvemos lo que somos? simplemente, viajando.

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