lunes, 16 de julio de 2018

Espíritu de montaña



 I
Existe en el pueblo maya mam una leyenda que cuenta que todos los cerros tienen un espíritu regente al que llaman Juan No’j. Este personaje anda en la montaña con la misma libertad que el coyote y, al igual que el solitario cánido, se deja ver muy de vez en cuando, dejando fortuna al caminante elegido para la aparición si éste decide pactar.

Pero este Juan No’j tiene su lado oscuro, tanto así que la gente le teme, pues la fortuna muchas veces termina siendo comprada con el espíritu de quien se topó en el camino con el legendario personaje. Por eso los que viven cerca de alguna colina cuidan de no caminar tarde en el monte y evitan perturbar la montaña (cazar o talar sin una razón consistente) para no provocarle un enojo al “dueño”.
Así es como la montaña queda protegida de la codicia y las imprudencias de los seres humanos.

II
Ocho años hace que envío trabajos de fotografía al concurso de la World Photography Organization, de tal cuenta que diciembre lo ocupo en seleccionar lo mejor de mi archivo y lo subo a la plataforma digital establecida para el caso, sin que los resultados hayan sido a la fecha los esperados.

En los primeros intentos coloqué mi trabajo en la categoría Amateur con sendas fotos de paisajes que no guardaban relación alguna. Decidí entonces, al cuarto intento, acceder en la categoría profesional, en la cual deben subirse trabajos en bloque con una temática común integrada por más de cinco imágenes. Después de los dos años iniciales en dicha categoría, en los cuales me entretuve en la selección aunque mis expectativas eran bajas, tenía en mi computadora la serie perfecta: conjunto de fotos con un hilo conductor, bien balanceadas en parámetros de iluminación, de técnica y estética que podían entrar en la lista corta de finalistas. 


La serie la había realizado en una sola jornada, apenas unos días antes del cierre de la convocatoria, durante mi primer ascenso al volcán Tacaná. Como protagonista tenían a mi amigo Coquí Morales quien, conocedor del camino, se mantuvo en la dirigencia de aquella expedición de dos días. Entre un paisaje y otro, decidí captar sus pasos, los momentos álgidos de la caminata, los descansos y cada uno de esos instantes en los cuales vi cómo se fundía con la naturaleza ígnea que le rodeaba.

Ya en casa, tras el revelado digital y la elección de las fotos que habría de subir a la plataforma, debía seleccionar un título para la serie de retratos y, de entre unas pocas combinaciones de palabras, elegí “Espíritu de montaña”. Algunas de esas fotos, que terminaron siendo una victoria personal pero que tampoco fueron del gusto del exigente jurado de la WPO, ilustran esta primera publicación de Las Huellas del Coyote.
  
III
Cada quien en su faceta de coleccionista de cumbres, tiene sus particularidades, serie de hábitos que hacen la diferencia entre los montañistas de cepa y los que alguna vez, o quizá solo una en la vida, se encaraman a los volcanes por turismo, curiosidad o simple moda. La elección de calzado, la manera de atar las correas o de acomodar los pertrechos en la mochila. Cada uno tenemos, además, nuestros rituales.

En el tiempo de secas del año de 1994 fui invitado a dar mis primeros pasos de montañista. Contaba con 14 años y el ascenso al coloso Hunahpú, volcán de Agua, el que adorna las postales de la Antigua Guatemala, hacía las veces de primer ritual, de prueba de resistencia. Algunas cosas eran asunto de rutina: equilibrar el peso en la mochila desde la noche previa, llegar a Santa María de Jesús e inmediatamente dar parte a los bomberos del grupo de integrantes de la expedición y la hora predestinada para el retorno (en aquella ocasión, programado para ascenso-descenso el mismo día, debíamos volver a eso de las cuatro de la tarde). Los guías elevaban una plegaria y ¡A caminar!

De esa primera aventura, además de mi amor por las montañas,  aún conservo el hábito – ya perfeccionado – del equilibrio de peso considerando en principio la cantidad de agua que habré de transportar. También sigo llevando las dos latitas de leche condensada que servirán para devolverme a la vida en los pasajes más exigentes del camino.

Al comienzo del siglo, gracias a Daniel, Edgar, Roberto y Giovany, aprendí a llevar menos carga, cocinar en las cumbres y caminar de noche. Con ellos ha sido también que he sumado la mayoría de cumbres de mi colección y con quienes aprendí qué hacer al instante mismo de llegar a la cima de cualquier montaña, ritual que repito ahora con cada nuevo montañista que acompaña mis andares.


Y bueno, en los ascensos postreros, a las costumbres y rituales hemos agregado una rutina de estiramiento previo, la carpa unipersonal y los snickers. También  cargo conmigo unas candelas que empleo para dar gracias a la montaña por la recarga de energía que llevo conmigo de vuelta a casa.


2 comentarios:

  1. Excelente don Guillermo"vich" Alfa"ruk"... gracias por transportarme a esos escenarios.

    ResponderEliminar
  2. Un abrazo Juan Carlos. Estas vacaciones hay que salir a hacer fotos.

    ResponderEliminar

La arqueología es una buena excusa

  Rivas, Nicaragua. Mamá jaguar.              De la arqueología lo que más agradezco es haberme encontrado con tantos amigos disgregados por...